Desconcierto en 00:81
por Simón Bleu
Daniel Martínez tiene cuarenta años y un bote de nocilla. Por las mañanas la desayuna mientras observa a los gorriones cruzar el cielo.
Gorriones al revés.
A las 18:00 la oscuridad se enciende en las bombillas del apartamento. Hace otoño, hay invierno. Unas hormigas se cuelan por su pantalón (es lunes) y le hacen cosquillas en los tobillos (estudio del diminutivo). Entonces, empieza.
Golpes a las paredes, a los relojes, estallan las copas. Quieto, estate quieto. Ahí, a cientos de años luz del lado del espejo, las cosas toman su propia forma a partir de las 18:00. Hasta la mañana siguiente. Hay peces que nadan en la alfombra. Una risa. Oscuridad. Daniel Martínez cierra los ojos a esas horas interminables que rozan sus párpados. Algo le ha tocado el pie. Un mordisco, un grito, un silencio. Una sartén cae en la cocina. Unos pasos. Unos peces. Angustia de no encontrar… ¿Dónde está el interruptor?
Oye cómo alguien se sirve su vino, se abren grifos, resbalan uñas por la pared. No ve nada. Desconsolado, espera a la mañana siguiente. Voces, platos rotos.
En el lado izquierdo del espejo, D. M apaga las luces a las 18:00, y se va a trabajar.
El disfraz perfecto
por Psitacosis4.
El disfraz perfecto,
- ¡Con diez cañones por banda...!
- ¡Ponte el disfraz de una vez, que vamos a llegar tarde!
- Ya casi estoy, mira. Sólo me falta el parche.
El niño se marchó a su cuarto. Se miró con atención en el espejo, se puso el parche, y comenzó a sentirse incómodo, de manera que terminó por quitárselo. Se miró el ojo derecho con detalle, primero lejos del espejo y luego tan cerca que no lo distinguía. Notó que le faltaba algo importante. Sonaron sus pasos apresurados por la tarima.
Acercó la mano al bote del escritorio: unas tijeras, un punzón, unagrapadora, lápices de puntas afiladas... Su madre gritó:
-¿Quieres darte prisa de una vez?
Eligió el punzón apresuradamente y lo clavó con tanta fuerza y decisión como le fue posible. Un grito ahogado. Silencio. La mujer subió y lo encontró sentado frente al espejo, con el punzón en la mano y el parche en elojo. Había sangre por todo el escritorio.
- ¡Dios santo! ¿Pero qué has hecho?
- El loro no se quedaba quieto en mi hombro.
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