2021.Otra experiencia hospitalaria

 II





Ya antes de ir al hospital, llevaba dos días de abstinencia evacuatoria con el vientre bastante hinchado y así se lo declaré a la enfermera al ingresar, cuando me preguntó si tenía algún síntoma o molestia especial, pero en la madrugada, parece que tenía ciertos síntomas de protesta intestinal, por lo cual pulsé el timbre de asistencia y por el interfono comuniqué mi apremio.

Pasaron algo más de diez minutos y ya sentía cada vez más intensos los retorcijones, hasta que al fin vinieron dos auxiliares de enfermería, muy protegidas con unas especiales batas verdes, portando un orinal plano o cuña bastante grande y que sin más preámbulos intentaron colocármelo debajo del trasero, encomendándome no moverme en absoluto, manteniéndome en esa postura horizontal, pero me negué en rotundo, diciéndoles que me resultaba imposible evacuar en semejante postura y deseaba ir al inodoro, ya que además estaba seguro de que no había ningún ser humano de cualquier raza, que hiciera sus deposiciones con la espalda pegada al suelo y aunque intenté llamar a la enfermera para que me desconectara la vía y poder levantarme, ellas argüían que tenían órdenes estrictas de que no me moviera de la cama y me sujetaron firmemente, volviendo a colocarme la cuña bajo el culo.

Con estas agobiadas disquisiciones, manteniéndome en una ya difícil retención, de repente y sin poder reprimirme ya, el cuerpo decidió desprenderse de su nutrida carga, aflojando totalmente el esfínter de forma tal que, una densa pestilencia invadió la habitación, al tiempo que .una plasta oscura y viscosa desbordó la cuña y se expandió por casi todo mi cuerpo.

Las auxiliares creyeron que solo había forzado ligeramente la salida como vengativa advertencia, pero cuando levantaron la sabana, vieron que mi espalda y parte de los muslos, estaban totalmente rodeados de una mierdosa papilla que me llegaba hasta el cuello, no pudiendo moverme más que en mis propios residuos. Entonces me incorporaron y con una simple palangana de agua, sin desinfectante alguno, con una esponja, pequeñas toallas y gasas, me hicieron un elemental lavado parcial, me dieron otro camisón culero limpio y solo con ese abrigo y con la ventana abierta, tuve que esperar a que cambiaran sabanas y mantas, dejando la cama en las debidas condiciones, mientras lanzaban continuos exabruptos acusándome de tener muy poca consideración y yo les volvía a recordar mi advertencia de los síntomas que tenía y de estar en perfectas condiciones de poder acercarme al aseo y hacer mi deposición en la forma habitual.

Cuando me acosté y a poco de esfumarse dos resignadas empleadas. me sentí muy aliviado y me quedé intensamente dormido, hasta que a primera hora de la mañana aparecieron las enfermeras, a las que comenté el suceso con todos los pormenores y ellas, entre carcajadas, intentaban decirme que el aseo de esa habitación, hacía tiempo que estaba ocupado con grandes cajas de medicinas y apósitos, por lo cual esa era la verdadera causa de no poder utilizarlo.

Ese segundo día se desarrolló de la manera habitual, en total aislamiento y siguiendo con análisis, extracciones de sangre, pastillas, corticoides, antibióticos, oxigeno auxiliar y una leve sensación de mejora, pero sin que nadie me hiciera comentario alguno hasta que a media mañana vino otro médico, muy poco efusivo, que me auscultó con el fonendoscopio y escuetamente me dijo que, aunque el último análisis también habían dado negativo al virus, habría que hacer nuevas pruebas de sangre y orina. Eso es lo único que les pude comunicar a mujer e hijos.

En el desayuno, comida, merienda y cena, prácticamente dejaba la bandeja casi entera, consumiendo solamente leche, alguna galleta y fruta, tanto por la falta de ganas como por el poco apetitoso y desconcertante menú, como por ejemplo, cuando en la bandeja de la comida de mediodía venía una tarjeta con mi nombre y la indicación de “dieta equilibrada”, y que consistía en una mediana patata cocida, con perejilito, sin sal ni aceite y una pequeña y apretada tortilla de patata, por supuesto sin huevo, y aunque soy un reverente tortillero, no me sedujo nada, pero. es comprensible que en un hospital no se puede comer como en casa. El día transcurría monótonamente, con algo de lectura, radio, llamadas familiares y bastante tiempo durmiendo. Esa noche, cuando aún estaba leyendo, hacia las 22,30 y sin aviso previo, se presentó una celadora, quien explicó no saber nada más que tener la misión de trasladarme a la planta tercera, dejándome en una habitación doble, de las de tipo más habitual, en donde al otro lado de la cortina había alguien durmiendo, soltando resoplidos y un televisor encendido con un volumen considerable .

Distribuí mis cosas en el armario y en la mesilla, me conectaron un frasco de suero con antibiótico, me colocaron una mascarilla para el oxígeno y otra enfermera me puso una inyección de no sé qué, bajó el volumen del televisor, me deseo buenas noches y casi al momento caí en un profundo sueño, en el que tuve unas insistentes y surrealistas pesadillas, de las que al día siguiente no logré acordarme de casi nada. Desperté cuando sentí que me tomaban la tensión y le pedí a la enfermera que me desconectara la toma de la vía, antes de que empezaran a invadirnos los servicios de limpieza con el cambio de sabanas y la ventilación. Llevaba dos días sin haberme lavado más que con el exiguo enjuague que me hicieron, después del instintivo esparcimiento de la noche anterior, de modo que apresuradamente dejé la mascarilla colgada del atril y me metí en el aseo, en donde me di una corta pero reconfortante ducha, secándome solamente con un grueso papel que había en un rollo, me enjuagué la boca con Listerine y puse mis exiguos pelos en orden de presentación, aunque dejé todo el aseo totalmente anegado de agua, porque la ducha no tenía ningún tipo de mampara. Descubierta mi escapada por una enfermera que parecía tener más control, movió la cabeza en señal de reprimenda y me dijo que, aunque lo comprendía, había sido una imprudencia por hacerlo sin avisar, pero que al día siguiente podría asearme con tranquilidad, acompañado por una sanitaria.

Al marcharse la chica, se acercó un hombretón relativamente maduro, bastante grueso con, barba y pelo revuelto, que dijo llamarse Víctor y ser mi compañero de habitación y amablemente me ayudó a acercarme a la mesilla con la bandeja del desayuno. Cuando solo bebí un poco del oscuro cocimiento y di por terminada la colación, me pidió las galletas sobrantes y se las comió rápidamente. Nada más terminar y después de que recogieran la bandeja, apareció un médico joven que serenamente me informó de que me habían bajado a esa planta , porque ya estaban seguros de que no estaba contagiado del Covid, pero que habían descubierto que padecía una seria neumonía, por lo cual aún seguiría internado y con el tratamiento adecuado, pudiendo recibir una visita al día. Enseguida se lo comuniqué a mi mujer, que se puso muy contenta y en menos de una hora, se presentó en la habitación con una visible cara de alivio. Traía ropa limpia, algún alimento y unos cuantos botellines de agua, puesto que le había comentado que los rellenaban en el grifo del lavabo y realmente no me ofrecía mucha garantía higiénica. Intentó hablar con algún médico, pero todos estaban haciendo la visita habitual.









En esta planta, el ambiente era algo más distendido e incluso de la comida se podía sacar algo masticable. Durante el día, si no estaba descansando o leyendo, charlaba con Víctor que además, cada cierto tiempo metía monedas en el contador del televisor, aunque luego no parecía hacerle demasiado caso. Me reveló que era cabo jubilado, perteneciente a las fuerzas especiales del ejército que habían estado en Bosnia Herzegovina- Kosovo e Irak. Media 1.,80, pesaba 115 kilos y comía vorazmente sin remilgo, justificándose que era para compensarse de los escasos ranchos que había consumido en campaña, casi siempre acompañados de arena y de las insistentes moscas del desierto. Yo le expresé abiertamente mi rechazo a la formación militar, pero admiraba su convencimiento de estar haciendo algo por nuestro país, aunque el renegaba bastante de la poca humanidad de algunos mandos, su altivez y el despótico trato con la tropa y se indignaba más cuando hablaba del mortal peligro y las mutilaciones que producían las minas antipersona que, para vergonzoso remate, se fabricaban en España. También se quejaba de la baja pensión que recibía, a pesar de haber dedicado su juventud a servir a la patria y haber perdido bastante capacidad auditiva a causa de las cercanas explosiones. Bebía mucha agua y hablaba viarias veces al día con su mamá, ya que le preocupaba su soledad, al ser una anciana que había que acompañarla y ayudarla mucho por tener muy limitada su movilidad.

Mantengo un buen recuerdo de su disponibilidad, de la confianza con la que se expresó conmigo, pero yo no quise meter cizaña criticando más la mezquina retribución económica que recibía después de haber prestado peligrosos servicios en lejanos países, como tampoco me atreví a preguntarle cuál era su padecimiento, si bien cuando venían los médicos, siempre le hablaban de nuevas pruebas, análisis y pequeñas operaciones.

Una de las escasos y cortos momentos que estaba de charla con las enfermeras, ante mis preguntas sobre su profesión, ellas me comentaban que, además de lo que vemos que hacen habitualmente, estaban los agobios, el agotamiento, las dificultades y las situaciones emotivas por las que pasaban continuamente, al tiempo que sobrellevan el poco reconocimiento que les expresaban los médicos, aun cuando ellos se llevaban los honores de su buen hacer.

Entonces les comenté el caso de nuestro hijo Carlos, que cuando en los inicios de la pandemia con 55 años se quedó sin trabajo, al cerrarse los hoteles, por no estar inactivo, se incorporó a un hospital de la zona norte de Madrid que estaba falto de personal auxiliar y de medios, con áreas sobrecargadas dentro una desconcertante falta de coordinación, múltiples órdenes, consignas o directrices precipitadas, que muchas veces eran luego revocadas por producirse cambios de vacunas, mutaciones, etc. Después de una rápida instrucción, preparación y mentalización, estuvo más de mes y medio haciendo la labor de trasladar enfermos en situación terminal o fallecidos, desde las ambulancias a urgencias, habitaciones, depósito de cadáveres, etc. y aunque estaba muy bien protegido con el EPI, le supuso un fuerte impacto psíquico el haber estado en un ambiente casi caótico y donde las muertes, sobre todo entre los ancianos de las residencias, se producían constantemente, llegando a pasar por situaciones muy emotivas, como el acoger las manos de aquellos moribundos que suplicaban inútilmente la presencia de sus familiares, para despedirse de ellos. Este tipo de circunstancias, al no ser tan fácilmente visibles, no suelen tener mucho eco en los medios de difusión.






Continuará...

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