2021. OTRA EXPERIENCIA HOSPITALARIA
Casi todos somos conscientes de que vivimos en comunidad, que todo el mundo puede llegar a ser bueno o malo y que a veces, algunas reglamentaciones hasta tienen bastante sentido común; pero, la convivencia es difícil y más en las grandes ciudades, con multitudes heterogéneas, en las que, en cualquier momento y por un mínimo incidente, puede suceder que un “chip" de nuestro inquieto cerebro, se cortocircuite y produzca una brusca reacción de difícil reparación.
Soy un poblador algo pensante que me considero libre, dentro del aturdimiento ambiental y de las ataduras obligadas y hasta el momento, sigo siendo rebelde, inquieto incrédulo, inconformista, critico reparador, curioso, observador y ávido aprendiz de todo, pero al mismo tiempo que soy respetuoso con las leyes factibles, objetivas, positivas y universales, no me gustan y me repelen bastantes aspectos de nuestro, más o menos mayoritariamente bien alimentado, acomodado y adormecido primer mundo, por lo cual y como muchos otros seres, también más de una vez, me hubiera gustado bajarme de esa parte suicida, drogado y embrutecido. Es decir, soy una persona bastante vulgar y con cierta personalidad no demasiado original, y a quien le pueden acontecer vicisitudes, que también les pasan a miles de ciudadanos.
Desde que prácticamente se declaró y oficializó la situación de pandemia, me he desenganchado de escuchar a los lideres políticos, más preocupados y ocupados por mantener sus particulares intereses de partido y también desconfío de casi todas las recomendaciones, normas o consejos, que difunde cualquier personajillo, cuando le ponen una cámara y un micrófono delante, puesto que pertenezco al numeroso grupo de ciudadanos de edad avanzada, que parece que solo se nos tiene en cuenta como dato cuantitativo, para poder rematar las equívocas estadísticas como ha sucedido con la escandalosa ocultación o falseamiento del verdadero número de fallecimientos de ancianos de residencias, en gran parte debidos a la situación de olvido, indiferencia o abandono, que se descubrió posteriormente.
Un viernes de septiembre de 2021, siete días después de haber recibido la tercera dosis de la vacuna Pyfer sin haber tenido ningún síntoma anormal, me levanté con cierta ansiedad respiratoria y después de haberme duchado y desayunado, mi mujer sugirió que me siéntase a reposar en un sillón y leyera un libro, pero en vista de que continuaba la angustia, pensamos que lo mejor era pulsar el botón de la teleasistencia de la Comunidad. Unos diez minutos después aparecieron una doctora y una enfermera y me tomaron la temperatura y la tensión, e hicieron una exploración general, aconsejándome después que no ejerciera ningún tipo de actividad .
Pasadas un par de horas, la misma doctora llamó por teléfono, solicitando algunos datos más, y en vista de que seguía esa fatiga al respirar, aconsejó el inmediato ingreso en el hospital, informándonos de que ella haría todas las diligencias previas para que me atendieran y enviaran una ambulancia. Le agradecí su gestión, pero renuncié a la ambulancia, prefiriendo ir por nuestra cuenta en unos pocos minutos. Llamamos a nuestros hijos para comunicarles esta decisión y metimos apresuradamente en una bolsa alguna ropa interior, cosas de aseo y el móvil, odiado artefacto que no uso casi nunca, pero que posteriormente me fue de absoluta utilidad.
Solicitamos por teléfono un taxi y mientras estábamos camino del hospital, yo iba recordando las veces que había comentado en familia que, a mi edad, con mi historial clínico y en las actuales circunstancias de colapso ocupacional, si me tenían que ingresar en un hospital, sería bastante improbable el salir vivo de allí, aunque en ese momento no hice prácticamente comentario alguno con mi mujer.
Nuestra entrada en al hospital se producía poco después de las dos de la tarde y se advertía claramente el ambiente de apresuramiento en pasillos y ascensores, causado por el cercano cambio de turno en un fin de semana. En el vestíbulo de urgencias, tras una breve consulta con no sé quién, me sentaron en una silla de ruedas con mis enseres y nos despedimos emotivamente con un brillo de esperanza. sin hacer aspavientos, aunque ambos también pensábamos interiormente que había bastantes posibilidades de no volver a vernos, Un celador aparatosamente protegido me llevó aceleradamente a través de largos pasillos con muchas puertas y tremendas corrientes de aire y me introdujo en un ascensor especial que subió hasta la planta 10, continuando después por más pasillos, hasta dejarme en una sobria habitación, con una cama articulada, una mesilla, un sillón y un armario taquillo.
Todo el personal visible llevaba una vestimenta especial, actuando con notables medidas higiénicas y casi sin palabras me indicaron que me quitara la ropa, que me pusiera el amplio camisón anudado al cuello y el culo al aire y que me metiera en la cama. Al rato y sin hablar prácticamente nada me colocaron una vía en el dorso de la mano, conectaron una botellita de suero y de momento me colocaron las gafas nasales para el oxígeno. Poco después otra enfermera, introdujo una ampolla de antibióticos en el suero y casi a continuación vino otra, llevando un carrito con un complejo aparato con el que me midió la tensión arterial, la oxigenación, temperatura, etc... Ante mi pregunta de cómo estaban los parámetros, contesto simplemente bien y me recomendó encarecidamente no moverme de la cama. Cinco minutos después, me extrajeron 11 tubitos de sangre del brazo y una auxiliar me dejó en la mesilla y a mi alcance unas medicinas, una botella de agua, la botella para la orina, unos pañuelos y el móvil, insistiendo en que no me levantara de la cama.
Supongo que me metieron algún chute de algo, posiblemente para que no diera la lata y debí de dormir unas tres o cuatro horas, hasta que me despertó otra enfermera muy amable, separando las pastillas que debiera de tomar en su momento pero que, a pesar de mi aviso, eliminó las píldoras que, desde mi trasplante, los nefrólogos habían insistido mucho en que nunca debía dejar de tomarlas, puesto que eran las inmunosupresoras que evitaban el rechazo. Cuando me trajeron la cena, apenas tomé unos sorbos de una extraña e insípida sopa y solamente comí la pieza de fruta. Supongo que me dieron otro tipo de sedante y dormí profundamente, aunque en algún momento me pareció que me estaban hurgando algo en los brazos.
Al día siguiente tuve la breve visita de un joven médico, ayudante de la nefróloga que no conocía personalmente, aunque me había pasado telefónicamente dos de las preceptivas consultas a lo largo de 2021. Él me informó que estaba aislado en esa planta, por presentar sintomatología de afectado por el Coronavirus, pero que el primer análisis había dado negativo. Le comenté el tema de las pastillas que me suprimieron, pero sin darle mayor importancia reconoció el error. Realizó una exploración ligera con el fonendoscopio, papó piernas y brazos, hizo un par de preguntas sobre mi dificultad respiratoria y se marchó, pero volvió a última hora acompañado de dos supuestos estudiantes, con los que comentó todo mi historial clínico y el tratamiento, aunque ellos me miraron y auscultaron brevemente, pero no dijeron una sola palabra.
Le pregunté si había informado a mi familia, respondiéndome que estaban en ello. Yo hablé después con mi mujer, pero no le pude decir nada más que la escasa información que me había dado el doctor y las enfermeras, pero una de nuestras hijas, tuvo una seria conversación con el defensor del paciente, quejándose de la total falta de información y del hermetismo que tenía el hospital y que, aun entendiendo la situación de agobio y congestión, general, debieran de comprender también el estado de angustia y ansiedad que tienen los familiares, que ni tan siquiera saben la razón o la causa de ese aislamiento.
Esa noche me ocurrió un vergonzoso episodio escatológico, que narraré de una manera ligeramente extractada sin pretender dar lecciones de coprología ni tampoco caer en la ordinariez.
El ir al trono, al cagómetro, irse de varetas, plantar un pino, obrar, evacuar, defecar. hacer de vientre, excretar y más coloquialmente cagar, es una necesidad fisiológica que todos los seres vivos solemos realizar cotidianamente de una manera normal, puesto que es un proceso derivado de la ingesta de alimentos, y cuyos restos no asimilables, después de un complejo proceso interno del esófago, con sus movimientos ondulatorios de contracción y relajación, el bolo es expulsado a través de los intestinos, el colon, etc., acumulándose en el recto, hasta que la presión interna hace que el esfínter se afloje y los expulse, en unas condiciones más o menos premiosas, a través del ano.
Así pues queda meridianamente claro, que es una necesidad funcional de todos los seres humanos y de la mayor parte de los entes vivos pluricelulares, tan necesaria y normal como el comer o respirar, por lo cual también es muy conveniente el recordar frecuentemente que, todos esos personajes tan importantes, orgullosos, displicencias, altivos, encumbrados, consagrados o idolatrados, que se elevan sobre los demás y que incluso suelen ingerir una especial y refinada alimentación, igualmente ellos en ciertos momentos incurren en esa vulgar rutina. Caga el rey, caga el papa y todo el que lleva capa y en este mundo de mierda, de cagar nadie se escapa. (refranero español).
Continuará...
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