Garage

 CAPÍTULO 9





Nico tenía sangre costera. El mar corría por sus venas desde que había nacido. Lo que hizo en una villa cántabra muy coqueta cuya población veraniega no tenía nada que ver con los vecinos habituales. Comillas era una escapada para muchos y un remanso de paz para unos pocos.


Siempre fue un culo inquieto y era casi imposible verlo sin un balón o la bicicleta. Su madre decía que no ganaban para playeros. Era lo que se conocía como un trasto. No paraba pero no se le conocía ninguna travesura importante más allá de romper los tiestos de su abuela. Eso no se consideraba como tal y era a lo más que había llegado.

Era un buen estudiante, aunque con el tiempo descubrió que eso no era cierto. Se quedaba fácilmente con lo que escuchaba, y en el colegio los profesores lo explicaban todo, así que no tocaba los libros y sacaba notables y sobresalientes. Cuando llegó al instituto se encontró con que nadie explicaba nada, y había que estudiar. En ese punto supo que él no era buen estudiante. No tenía hábitos ni fuerza de voluntad suficiente. Muy del “Racing”, cuando llegaban los turistas no soportaba ver su pueblo lleno de camisetas del Madrid o del Barca. Ni siquiera del Athletic o La Real. Para ellos, y a esa edad, era una falta de respeto. Era como si les estuvieran invadiendo. La cosa nunca llego a mayores pero las miradas desafiantes y los partidos entre Nico y sus amigos y los de “afuera” eran de una tensión evidente.

Podemos pegarles.

No, Nico, no podemos. Además, la mayoría son mayores.

Claro que podemos. Jugaremos un partido contra ellos y así podrán llevar patadas. Es fútbol, ¿no?

Y así era como descargaban esa ira contra otros niños que casi siempre les ganaban.

Se han ido calentitos.

Ya, pero hemos perdido.

¿Y eso qué importa?





Continuará...















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