NATURALIDAD Y SENCILLEZ.












En la época veraniega,  en la que generalmente parece que  cohabitamos  más cerca de La Naturaleza, me suelo encontrar en mejor disposición para hacer reflexiones tranquilas y ser más consciente de formar parte de un misterio directo, limpio e incluso mucho más trascendente,  sintiéndome  más  distanciado de los espacios, objetos, imágenes o personas inmodestamente sacralizados como, casa de Dios, ciudad santa, padre santo, santa cruz, santos lugares, etc., hasta llegar a enterrar a los escogidos en un camposanto, escenarios que me parecen pretenciosos intentos de lograr al alejamiento de la realidad humana mas natural.
Casi al final del pasado verano, mi mujer y yo tuvimos ocasión de asistir a un par de conciertos, celebrados en dos templos de lugares y ambientes distintos de  Asturias y Castilla León. El primero fue en la  cuidada  iglesia parroquial de Bárzana, un pueblín del Concejo de Quirós y en donde  monte arriba de este lugar tiene su refugio, estudio y taller, con  silencio  asegurado, Pablo Rosales, experto chelista y luthier, sobrino de 

nuestra anfitriona  Paz, con quien fuimos al evento. En el interior del templo y en distintos altarcillos había dos imágenes de Jesús, dos vírgenes distintas y otros cuatro santos  para   desconocidos, de escasa calidad artística y con  atavíos bastante anacrónicos. En el atrio habían levantado una tarima sobre la que los cuatro músicos con dos violines, un viola y un chelo, interpretaron varios  fragmentos de Beethoven, Mozart, Turina y Toldrá, ante un nutrido público formado por amigos, curiosos y lugareños y aunque algunos temas no eran muy populares, la calidad, sensibilidad y  pasión  de los maestros, cautivó  a los asistentes 
finalmente  tuvieron que hacer dos bis.

Una semana después  y de regreso a Madrid pasando por  tierras de  Palencia, pasamos a volver a  visitar la famosa iglesia románica de Frómista- En su interior,  además de su preciosa arquitectura, solo  tenía dos imágenes bastante sencillas, situadas a los lados de un severo cristo de buena talla. Prácticamente la totalidad de los asistentes éramos turistas y peregrinos de paso,  enterados de que había un recital de un desconocido guitarrista  de  edad  madura,  quien  acaricio  unas  melodías  clásicas  españolas  con  una perfecta técnica y que al acabar su  actuación  fue  muy aplaudido y felicitad, aunque quizás con menos efusión que el  modesto concierto de Asturias .






Cuando al día siguiente proseguimos nuestro viaje por las carreteras castellanas, íbamos comentando un poco esos eventos y recordando que en ambos templos,  el correspondiente cura había retirado el copón del sagrario, trasladándolo  a la sacristía antes de la llegada de los concurrentes, que en los dos lugares mantuvieron una conducta  normal y distendida y nos quedamos con la duda de saber qué clase de  criterios o de obediencia debían asumir esos eclesiásticos, para dilucidar si a Dios no le correspondía estar allí o si un concierto no se debería interpretar en su presencia. Durante unos cuantos kilómetros, fuimos haciendo un sucesivo análisis, algo irónico y facilón, sobre algunas reglamentas que aún  mantiene la iglesia y otras algo superadas,  acordándonos de cuando la circunstancia normal de entrar 

en un templo, ya constituía un cambio radical en la actitud externa de las personas, puesto que el hombre solamente tenía que quitarse la  boina, sombrero o  gorra que llevara, pero  la ordinaria consideración y trato de género con la mujer, exigía que se cubriese el cabeza con velo o pañuelo y  su vestimenta, maquillaje y actitud  debería ser absolutamente recatada  y en el momento de la denominada consagración, en el que obligatoriamente había que arrodillarse, al varón le bastaba con  poner solamente una rodilla en tierra, en una actitud manifiestamente castrense, pero hubiera sido absolutamente inadmisible el que una mujer intentara realizar  semejante  postura.

Siguiendo con nuestras desviadas abstracciones y recordando situaciones comparativas, también intentabamos comprender la diferencia exegética que podía haber entre la humilde y pequeña hostia de la comunión y la de mayor tamaño que se colocaba en el centro de una lujosa custodia, fastuosamente rodeada de dorados y pedrería, que además, cuando se exponía públicamente se solía acompañar de órgano, canticos, luces e incienso, pero aún nos intrigaba aún más el  saber, quién o quienes habían dado por supuesto que a Dios le gustaba el oro, las piedras preciosas, los canticos y el desfile de capellanes enfundados en lujosas casullas. A mi  quizás  simplista entender, todavía perduran algunos atavismos externos, que posiblemente en alguna lejana época pudieron haber tenido algún sentido engrandecido y laudatorio para mostrar  el poder divino (¿) ante un pueblo más primitivo y temeroso, pero 

actualmente  además  de coexistir aún  con una innegable devoción popular, también le 
aporta a la iglesia una efectiva propaganda triunfalista, por el mismo atractivo turístico que tienen algunas procesiones que se celebran en lugares y fechas significativas, en las que igualmente se exhiben imágenes muy alhajadas, valiosísimas y recargadas, entronizadas en carrozas o llevadas en andas por distinguidos varones y hasta custodiadas por tropas militares, con su fanfarria de tambores y cornetas.


Hay muchos creyentes,  que  conservan la estimable práctica de acudir a  un templo  para relacionarse con Dios, ya que consideran que allí, bien acompañados de orantes, viejecillas calienta-bancos y en un respetuoso silencio, creen sentir más directamente su presencia, aunque yo aún mantengo el recuerdo de cuando ya de jovenzuelo, había que hacer las exigidas  y  habituales  prácticas  piadosas,  hacía  inútiles  esfuerzos  para  concentrarme delante de una imagen o sagrario e incluso las invocaciones, jaculatorias y las letanías  me parecían enormemente aburridas, monótonas y  redundantes.



Últimamente parece que hay una contagiosa preocupación  pública por consumir alimentos ecológicos, como  intentando  recuperar la esencia de los autentico, sin pesticidas, aditivos ni conservantes, basándose en que  la misma Naturaleza proporciona el aire, el sol y el agua suficiente para su desarrollo normal, pero lamentablemente  esta aspiración tan distinguida
no está al alcance de todos  y tampoco se puede asegurar que todos los productos que se nos ofrecen sean tan naturales.  Sin embargo, cualquier  persona que busque tener un tipo de reflexión más o menos profunda y anímica, a buen seguro que conseguirá unos buenosfrutos,  en cuanto se suponga humildemente integrado  en el Cosmos,   ya que sencillamente,  contemplando un amanecer,  un gran  bosque de robles, las dunas del desierto o un fuerte temporal del mar,  podrá llegar a sentir el estremecimiento de nuestra pequeña grandeza.




CARLOS RODRIGUEZ-NAVIA

Sept. 2017

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