Daguerrotipo de la postguerra, cuarto
LA PICARESCA TRIUNFANTE.
La “pertinaz sequía”, el
aislamiento político internacional y la consiguiente cerrazón del
sistema, eran sobrellevados con mejor o peor talante por muchas personas
de bien, pero la falta de alimentos producía murmuraciones y las críticas solapadas y sobre todo las injustas prebendas que
gozaba la derecha dirigente.
Durante
varios años después de la guerra y concretamente hasta 1952, existía la llamada
cartilla de racionamiento familiar, prácticamente el único medio de adquirir a menor
precio los alimentas más indispensables. Los cupos semanales, consistían en unas
escasas cantidades de lentejas, arroz, garbanzos, sopa de hierbas, harina, patatas,
aceite y otros productos similares, que se adquirían en las tiendas llamadas de
ultramarinos, aunque realmente no había nada que viniera de otros mares, más
que el
bacalao y los arenques. Las carnes, pescados, huevos y verduras, solo se
permitía vender en
los sucios y viejos mercados municipales
y los precios, a pesar de una supuesta contención oficial,
estaban en continuo ascenso.
Los varones mayores de 18 años, tenían derecho a poseer
también la tarjeta de fumador, documento que les permitía adquirir cada
semana unos 25 gramos de tabaco de picadura o dos cajetillas de cigarrillos
llamados caldo de gallina. La cartilla debería ser solicitada tras cumplir don
diversos requisitos documentados, con pólizas y firmas.
Los no fumadores,
también solían hacer
uso de ese
privilegio, para revenderlo fácilmente entre los fumadores más
ávidos.
En
aquellos ambientes, florecieron
con una rapidez
increíble, avispados personajes
arrimados o protegidos
por el Régimen, popularmente llamados "estraperlistas", que
amasaron tremendas fortunas
haciendo uso y
abuso de la categoría
de sus cargos, teniendo organizado un
disimulado y eficaz trasiego de alimentos
tan fundamentales como el aceite, la harina, patatas, café, etc., contando con la colaboración, disimulo o soborno de los siempre mal pagados guardias
civiles y la directa
participación de pequeños
distribuidores finales, que
eran elementos populares sin escrúpulos, que se beneficiaban de
las migajas. Una gran parte de las hoy
consideradas familias de sonados apellidos y
alta categoría social, amasaron tremendas
fortunas, maniobrando los hilos de un
complejo mercado negro de los productos más demandados por un
país hambriento.El hermano mismo del Jefe del
Estado, Nicolás Franco, estuvo inmerso
en negocios como Renault,
Manufacturas Metálicas Madrileñas, Barreiros etc., y también fue la oculta
cabeza responsable del notorio caso del Aceite de Redondela, en el que aparte del gran fraude público, hubo extrañas
muertes e inexplicables suicidios. Uno de
los más importantes implicados, Isidro Suárez Morís, secretario de Nicolás Franco
y miembro de una acreditado familia gijonesa muy conocida por la nuestra, fue detenido poco antes de llegar
a la frontera de Irún, después de haber
arrojado por la ventanilla del tren unos
paquetes con importantes cantidades de un dinero, que pretendía sacar del país y que encontró un campesino,
quien inmediatamente los entrego a la Guardia Civil.
Encarcelado preventivamente, aceptó
inicialmente su culpabilidad única en la
mayoría
de los cargos y culpas, a la espera de que se fueran aclarando las situaciones, pero su
estancia en prisión se fue prolongando más de lo soportable y a raíz de haber manifestado
que estaba dispuesto a formalizar una nueva declaración ante el juez, tuvo una
incomprensible muerte en la ducha de la misma cárcel estando vestido, atribuyendo
el forense su deceso a un súbito infarto. También se produjeron diversos suicidios
y extrañas muertes, nunca cabalmente explicadas ni aclaradas, de personas que hubieran
podido testificar y denunciar los manejos internos que se hicieron para
conseguir la desaparición de
más de cien mil litros de aceite de cupo oficial.
Cuando posteriormente hubo
un juicio llevado
con mucha cautela
y una restringida publicidad,
el Presidente del Tribunal D. Mariano Rajoy Sobredo, no permitió en ningún
momento que se mencionara ni figurara en acta el nombre de D. Nicolás Franco, con la
inútil indignación de Gil Robles, prestigioso abogado por parte de la acusación popular.
Años después se intentó
rodar una película, con base argumental sobre este proceso y
sus antecedentes, con
extraña desaparición del
actor principal y prácticamente secuestrado el film.
En la industria, el
transporte y sobre todo en la construcción, hubo algunos empresarios antaño bisoños o de medianía y hoy día consideradas
como personajes de importancia, elevada fortuna y condición social,
que por haber prestado supuestos servicios
meritorios en la guerra y haber brujuleado por despachos de ministerios
o buscando relaciones en
cacerías y actos oficiales,
obtuvieron concesiones especiales, cupos de cemento y hierro, adjudicación de
grandes y eternas obras del estado o grupos de viviendas sociales, incluso con la
facilidad de disponer de barata mano de obra de los presos acogidos a la
redención de penas por el trabajo.
Quienes tenían
compromisos de cierta
importancia o especiales agradecimientos a sus benefactores y especialmente ante la
proximidad de las siempre
bonancibles épocas navideñas, empezaron a enviar aparatosas cestas con pavos,
embutidos, conservas, vinos, licores y turrones con profusión de celofán., regalos
que envanecían a sus receptores y producían
envidias de sus convecinos.
Bastantes
años después, esta visible y bastante hortera práctica, ya se convirtió en una
maliciosa y prevaricadora habilidad de ocultos intercambios, entre
determinados cargos
políticas y empresarios importantes, mediante disimuladas concesiones de grandes
obras civiles y la consiguiente aportación de importantes sumas de dinero, donadas por
simpatizantes al correspondiente partido
y entre los
indefinidos ambientes
de la clase media adinerada de aquellas épocas,
se podían conseguir casi toda
clase de productos de consumo selecto y
de difícil adquisición, gracias a una limitada y discreta estructura , formada por una respetable
personalidad que disponía de unas
jovencitas de “familias bien”
con pasaporte, documento
de muy difícil adquisición a
causa de las
constreñidas condiciones que
tenía que cumplir
el solicitante.
Con prudente asiduidad,
estas señoritas de apellidos heroicos,
trasferían impunemente desde Tánger o Lisboa café, tabaco, latas de piña, whisky, tabaco, perfumes, medias de
nylon y abrigos de piel y ocasionalmente y a precios indiscutidos, también conseguían algún tipo medicina o droga, ansiosamente solicitada.
La Falange Española,
había introducido un distintivo de cartón,
que con un precio de
25 o 30
céntimos era una especie de impuesto voluntario, pero de obligatoria adquisición
para entrar los
domingos en cines,
teatros, bares y restaurantes.
Estos emblemas eran distribuidos en la
calle por unas sonrientes postulantes
de la Sección Femenina, llamadas Margaritas, con camisa azul y boina roja graciosamente ladeada.
Popularmente se rumoreaba
que no había
una clara contabilidad
ni un control sobre el número de emblemas que se vendían, aunque oficialmente,
con esos beneficios se mantenían los comedores de Auxilio Social, para proporcionar
una sencilla comida a todos aquellos indigentes que no tuvieran una vida demasiado sospechosa.
Como los medios de
comunicación estaban muy controlados, abundaban los voceadores
de noticias adquiridas de “buena tinta”, que es
otro de los sistemas empleados
en nuestro país para propagar la mala baba, la envidia o la calumnia, sobre todo en
una época plena de insuficiencias, en la que la comida era una de las más justificadas
obsesiones. Si un conocido se jactaba de
haber asistido a alguna boda rumbosa, siempre tenía
un corro de auditores que se relamían ante la descripción de los
platos consumidos por el relator, que si además era muy sincero, confesaba
haber guardada
discretamente algún trozo de carne en una servilleta, con la disculpa de dárselo a
un perrito casero. En casi todas las emisoras de radio, el
disco cocidito madrileño de Pepe Blanco,
estaba constantemente solicitado por los
oyentes, así como aquel de
Los Xeys, que
después de caaamarero...
seeeeñoor, que hay
para hoy .. recitaba todo un menú de apetitosos, suculentos e
inalcanzables alimentos.
Hubo un suceso muy sonado al respecto y que
sucedió más o menos en 1946, cuando se
supo por la prensa, que en un palacete del Sur de Francia, un conocido personaje
había celebrado una fiesta de carnaval, a la que habían asistido como invitados
algunos intelectuales, artistas y progres de la época, entre los cuales se encontraba
un famoso y joven torero español. Se decía que en dicha celebración, la oferta de bebidas y de los
más exquisitos alimentos, proliferaban en árboles y fuentes de los
jardines hasta los confines de la
finca. A los pocos días y de la misma
manera que la
bola de nieve que cae por la ladera, los comentarios y críticas llegaron a tal punto,
que la versión más extendida de la fiesta, fue ya calificada como una bacanal, en la que
los desenfrenados asistentes terminaban
retozando en el suelo entre la profusa comida y bañándose
desnudos entre surtidores que manaban
champagne.
La imaginación hambrienta, la mala leche que había
contra Francia y la moral aparente pero envidiosa
de quien no había estado pero así se lo quiso imaginar, hicieron crecer de tal
manera los comentarios, que finalmente llegaron
hasta el Vaticano y se dijo que
emitió el veredicto de excomunión
para los participantes, para gran satisfacción de los moralistas hipócritas
Prácticamente en todos
los lugares públicos, cines, campos de fútbol, plazas de
toros, bares y en la calle misma, el
consumo de pipas de girasol, chufas o palolú, de fácil
adquisiciyn en los pequeños y abundantes “puestos de piperas”, era un medio con el que,
por pocos céntimos, se distraía el hambre y aunque en el metro, por ejemplo, había un
cartel indicando que se prohibía de arrojar al suelo, cáscaras y desperdicios, este
solía estar llenos de crujientes restos y en los autobuses y tranvías había
otras advertencias como, “prohibido escupir” y “prohibido hablar
con el conductor” además de otras
tan curiosas como “aceite Ynglés,
parásito que toca... muerto es ”, subliminal ataque
contra las temibles ladillas, entonces tan abundantes como la variedad de lugares de
lenocinio y fornicación, popularmente llamadas “casas de
putas”, públicamente
conocidas pero no aceptadas,
oficialmente clasificadas, sanitariamente controladas,
no legalizadas y ocasionalmente hostigadas pero nunca exterminadas, puesto que se sabía que
algunos miembros de la policía eran sus macarras protectores, del mismo
modo que
en otras importantes y disimuladas mancebías, regentadas por “madamas”
bien relacionadas, la clientela habitual
estaba compuesta por conocidos personajes
políticos de altos vuelos, que iban al horizontal encuentro
conciliar con señoritas de nivel social respetable, pero en situación
económica vergonzante.
La represión sexual, era
otra de las obsesiones populares, en las que el disimulo,
la hipocresía y la permanente doble moral,
formaban también parte del juego
nacional. Películas como Gilda, La Madonna de las siete lunas o Las mis y una noches,
provocaban controversias y discusiones entre los cinéfilos incondicionales y los
meapilas de turno que aparentaban escandalizarse ante una, para ellos prohibida visión del cuerpo de una mujer, interrumpiendo la
proyección de algunas sesiones, llegando
las quejas y denuncias hasta las autoridades religiosas, con la consiguiente reconvención desde el púlpito y la posterior ocupación
masiva de los confesionarios.
En la
entrada de las iglesias se informaba de la calificación moral de las películas, desde las
inocentes calificadas con el número 1, hasta las intolerantes 3R y 4, consideradas
como gravemente peligrosas y a las que la mayoría de la juventud, dedicábamos
nuestras preferencias. Había provincias o diócesis en las que el obispo del
lugar, excomulgaba a los espectadores de estos films o a quienes practicaban el obsceno divertimento del
baile en pareja.
La parte sometida
humillada y vejada de la España vencida, con escasos y recortados
medios de trabajo, primordialmente se
preocupaba por subsistir día a día sin tener,
al menos aparentemente, deseos
de venganza o
desquite de sus padecimientos
y ni tan siquiera esperar un
reconocimiento de su situación, dentro de una realidad bastante profusa y ocultada,
teniendo además que aguantar durante mucho
tiempo, la hipocresía de una artificiosa paz y concordia interna, soportando estoicamente los trémolos
discursos patrióticos que se reproducían año tras año en las tiernas Navidades
o con motivo
del nada conciliador
Desfile de la
Victoria, bochornosa
manifestación rematadora de la falsedad de aquel parte oficial del 1 de Abril de 1939, que acababa
informando: “La guerra ha terminado”.
Durante muchos
años, toda ideología,
republicana, demócrata, liberal, filosófica o intelectual era radicalmente conceptuada
como marxista o roja. Los protestantes
o seguidores de otras religiones, los
agnósticos y ateos, caían en la drástica
denominación de masones o condenados, sin ninguna consideración, respeto o caridad.
El Dios vengador, el Dios airado, era alabado en procesiones, comuniones, misas y
otros actos eucarísticos presididos por las autoridades religiosas, militares y civiles y
en los que durante la consagración, se interpretaba aquella extraña mezcla del
Oriamendi carlista, el Himno de la Falange y el Nacional, y sin pudor alguno se celebraban
marciales ceremonias en las que se
bendecían cañones, carros de combate y barcos
de guerra, o se ensalzaban las insólitas advocaciones de vírgenes, apóstoles protectores
o de santos protagonistas de increíbles
masacres contra los moros y cuyas
imágenes eran adornadas con medallas, fajines y otros honores de la fanfarria castrense. Casi todos los miembros de la iglesia
española justificaban la legalidad de sus
acciones, felicitando y saludando brazo en alto
a aquel salvador de la fe y recordando
la especial protección de Jesucristo, que alguien dice que dijo: “Reinaré en
España, con más veneración que en otras partes”.
No es normal ni gusta
mucho el pedir perdón en España y ni
siquiera la Iglesia se retractó de su provechosa colaboración con el
vencedor, demostrando en la mayoría de las veces, una insuficiente caridad y
comprensión hacia los vencidos. Tampoco entonces fueron muchas las personas que consideraron que
aquella incivil guerra pudo haber sido una equivocación, más o menos
justificada, pero nefasta, ni casi nadie dentro del país, pudo escribir o comentar
la barbarie, el atraso y la desmembración que había producido esa guerra interna.
A los vencidos, se les
negó prácticamente todo derecho y razón
y se publicitaron
con amplia descripción de detalles, todos los grandes errores y horrores que
cometieron durante la contienda, totalmente criticables, pero se
encubrieron las barbaridades
que habían hecho en la retaguardia
algunos miembros de la Falange, con las esposas,
hijos o familiares
más cercanos de
los combatientes republicanos, practicando
violaciones de domicilio, detenciones,
con degradantes cortes de pelo, altas dosis
de ricino, juicios
y acusaciones sin
testigos ni pruebas,
con el improcedente
fusilamiento de ignorantes y
aterrorizados campesinos, dejando sus cuerpos
en cunetas y barrancos, negándoles hasta el derecho a una sepultura en un cementerio. Hubo sacerdotes castrenses, que manifestaron
desdeñosamente en la radio,
que cuando había asistido a los fusilamientos de rojos convictos, ofreciéndoles el perdón
de sus pecados si expresaban su público arrepentimiento, siempre había algunos
que no renegaban de su ideología y no aceptaban sus dadivosos auxilios espirituales.
Hay una historia, oída
hace muchos años y sin demasiada seguridad de
que fuera
cierta, pero tristemente significativa:
En una pequeña ciudad catalana, un honrado comerciante poseedor de un sencillo
colmado, fue muy maliciosa e injustamente denunciado en el cuartelillo de la Falange
por un competidor suyo, antiguo somaten, asegurando que le había visto proporcionar alimentos a
hurtadillas, a un pequeño grupo de milicianos. Practicado rápidamente
un registro en su establecimiento, le encontraron en la caja unos billetes de la
zona republicana, con cuyas únicas pruebas, fue inmediatamente detenido y encerrado, aunque desde el
primer momento el acusado repetía una y otra vez, que esa noche únicamente había
vendido una par de latas de conserva a una humilde y pequeña familia de campesinos, que se dirigían hacia el
interior. Sin más evidencias ni testigos y
tras un juicio rápido y sin defensor
alguno, fue condenado a muerte por ser considerado
colaboracionista del enemigo. Al día siguiente, se supo que en el momento de ser
fusilado, gritó ¡¡ Viva Cristo ¡¡ y que
después de la descarga, el que fue a darle el tiro de gracia, dijo
mofándose : “y el jodío de él, aún se muere blasfemando…”
Unos doce
años más tarde, estando aquel denunciante a punto de expirar tras una
penosa enfermedad, dejó un escrito en el que reconocía la falsía de su denuncia
y su
arrepentimiento. Esa tardía confesión, fue tímidamente leída por el cura de la parroquia,
sin que produjera más efectos externos que unos pocos murmullos entre los asistentes.
La estrecha mentalidad de
la derecha, no quería o no podía reconocer que un ciudadano de ideología de izquierdas pudiera
declararse creyente, como tampoco podía aceptar que un vencedor, un militar o
un político, pudiera ser agnóstico o
protestante, pero aun actualmente, los grupos
ultraconservadores siguen considerándose como los fieles sostenedores de los valores cristianos, del
grado de españolismo, del derecho especifico de exhibir
la bandera con cualquier motivo,
del uso del himno nacional y la fiel adhesión a los cuerpos militares.





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