Daguerrotipo de la postguerra, primero
PROLOGUILLO
JUSTIFICABLE.
La Historia, incluso con
las deformaciones y subjetividades de quienes la escriben, puede ser también una manera de intentar comprender el camino evolutivo de nuestros
antepasados, con sus creencias, ambiciones y carencias, teniendo siempre en cuenta
la dificultad de no poder
situarnos en sus mismas circunstancias.
No pretendo relatar casi nada que no se sepa o no se haya escrito, pero si
intento dejar plasmada la limitada visión de un largo e influyente periodo de
mi vida, en conjunción con los demás congéneres y con la ilusa pretensión de
que alguno de nuestros descendientes pueda llegar a comprender algo de una
generación que, casi como ninguna otra de nuestro país y de una manera muy
comprimida y con muchas dificultades, tuvo que pasar por todos los cambios
sociales, políticos, ideológicos, laborales, familiares, educativos, morales,
etc., a la misma velocidad creciente que ha acaecido con todo tipo de
comunicaciones, y aunque no se debe volver la vista atrás para tratar de recuperar
situaciones o ilusiones imposibles, sin embargo sigo creyendo, que del pasado
se puede aprender mucho, el presente hay que
experimentarlo y el futuro lo
estamos pasando a presente en cada
momento.
Con el paso de los años
también se evidencia con mucha más firmeza, que la vida hay que vivirla cada
día, asumiendo el ambiente y las condiciones
que nos ha tocado vivir, intentado ir evolucionando con la sintonía y la
velocidad más adecuada, recapacitando
con sosiego y tranquilidad, para
relativizar muchos discutibles dogmatismos y los equipajes que hay que dejar
atrás.
I.- FORMACIÓN SOBRE ASCUAS.
Entre la ya escasa generación de los que
nacimos en los años 30, década de graves acontecimientos en España, al ir
acercándonos a la edad del
discernimiento y ante las preguntas y respuestas de todo tipo que nos
hacíamos ya con cierta seriedad, era casi inevitable el que en alguna ocasión
llegáramos a tener algún tipo de
duda con respecto al bando en que
nos hubiéramos situado durante la guerra
civil, teniendo en cuenta las distintas
situaciones y circunstancias en la que
nos podíamos mover.
Con unos padres de derecha moderada y otra
parte de la familia con ideas republicanas, puedo decir que tuve una educación
bastante desprendida y sin conflictos ideológicos puesto que, aunque no tanto como uno quería cuando aún
era adolescente, habitualmente se solía conversar con bastante objetividad
sobre temas o sucesos que en otras familias estaban casi considerados como
doctrinas.
Aunque habitualmente vivíamos en Gijón casi todo el año, yo nací
un verano de 1933 en la casona que mi madre y mi tío habían heredado en una aldea cercana a
Pravia. Según comentaba mi madre, ya desde pequeño mi carácter mostraba
indicios de timidez, era callado y muy
observador. Cuando en 1936 estaba la ciudad
ocupada por el Ejercito
Republicano, padecí un largo y grave tifus exantemático, con periodos de alta
fiebre e inconsciencia, pero que en los
ratos de lucidez y sin quejarme, estaba muy pendiente de los comentarios de los que me rodeaban,
Salí
de aquel peligroso trance gracias a los especiales cuidados de mi madre y a la
dedicación de un médico republicano y gran profesional, que con unas escasas
medicinas rusas, mantuvo la esperanza de mi curación y hasta se jugó su
prestigio, al ocultar mi situación a las autoridades sanitarias, lo que me libró
de ser trasladado a Covadonga, lugar al que eran llevados casi todos los
niños enfermos, parte de los cuales fueron evacuados a Rusia y de donde algunos
tardaron en poder regresar más de veinte años.
Del
conflicto mismo solo tengo relámpagos de memoria de relativa importancia, como
el sonido de algunas ráfagas de
ametralladora, el Simancas en llamas,
las sirenas de alarma, los gritos de
vecinos, los aviones bombardeando y la permanencia a oscuras en húmedos refugios,
pero tengo muy gravado el día que entraron en Gijón las Brigadas Navarras y
probé las primeras galletas María y la leche condensada que repartían para la población.
Acabada la guerra, ya en 1940, pasamos poco más de un mes en
Villamanín, pequeño pueblo de la Provincia de León, para recibir los tibios
rayos del sol, el aire seco y fresco, restaurando salud, nervios y tranquilidad
ambiental. De aquel lugar tengo el buen recuerdo de los paseos diarios junto a
un hermoso riachuelo bordeado de
árboles, los tazones de leche con pan y el
ver pasar al tren que venía de Madrid.
Al
año siguiente, estuvimos otra temporada en Santiago del Monte, pueblín que
está cerca del actual aeropuerto de
Ranón. Allí continué reponiéndome y apreciando
más las visiones del campo, los bosques y las vacas, con la compañía, atención y ternura de las sencillas gentes
del lugar. Mi ya precoz y desarrollado sentido del olfato se sintió felizmente
halagado por la frescura ambiental, el
olor de la hierba recién segada, del aire de mar, los pinos, las manzanas
maduras y hasta llegó a gustarme el olor del cuchu, desde entonces ya
absolutamente relacionado con el campo asturiano.
Inicie
mis estudios en el Colegio de los Jesuitas de la Calle Uría, aprendiendo a
escribir haciendo palotes a lápiz y pasando después a usar plumines
que se mojaban en un pequeño tintero cerámico incrustado en el pupitre,
temiendo al Hermano Martínez, que
perdía fácilmente la paciencia y nos
daba certeros golpes en los nudillos con una vara, cuando hacíamos borrones o
cogíamos el palillero de mala
manera.
En Septiembre de 1939, cuando Franco hizo una
breve visita a Gijón, alguien del colegio decidió que otro compañero de mi edad y yo, nos colocáramos a ambos lados del caudillo
disfrazados de cardenales, durante la solemne misa celebrada por los caídos en
las ruinas del Cuartel de Simancas. Recuerdo perfectamente que permanecí todo el tiempo en una piadosa
actitud de orante, sin atreverme a mirar a aquel personaje tan venerado por la
multitud.
Mi
transitoria vida en Gijón durante los
años posteriores, pasó lentamente con los episodios lógicos de la época y la
situación, empezando a hacer amigos, pequeños viajes en tranvía a Somio, El
Musel o Candas, aparte de los que hacíamos de vez en cuando a Riberas, para ir
saneando y organizando la casa en donde nací. Jugar en Begoña,
andar por el puerto o la playa, eran las sencillas diversiones, además
de ir al cine a ver películas de vaqueros (las llamábamos de convoys) con unos relamidos Kent Maynard o Buth Jones, en blanco y negro con subtítulos, pero recuerdo
especialmente la impresión que me
produjo Blancanieves, por el colorido y
la calidad de los dibujos.
En
1943, mi padre, que había perdió todo su negocio de venta de automóviles, decidió que nos trasladáramos a Madrid. Ese
fue mi primer trayecto largo en un tren
que iba lleno de gente en los pasillos, con maletas y bultos y que tardó 11
horas en llegar, con carbonilla hasta en los oídos. Me impresionó la enorme
bóveda acristalada de la estación del Norte, el ruido y bullicio de gente,
mozos de cuerda, carros de mano y carricoches eléctricos cargados con enorme cantidad de bultos y cuando
salimos al exterior, me pareció que Madrid tenía una luminosidad especial.
Nos
instalamos en un piso del barrio de
Arguelles, cerca de la Plaza de la Moncloa junto a las fábricas de Gal y del
Laurel de Baco, por una zona que había
sido especialmente batida durante la guerra, con las visibles ruinas de la Cárcel Modelo, la Ciudad Universitaria, Paseo
de Rosales, etc. y cuando por la parte izquierda de la Calle de Cea Bermúdez,
había grandes montículos de tierra arenisca, con huecos y cuevas
excavadas, utilizadas como vivienda de
indigentes.
Me metieron en el Colegio Areneros en la calle Alberto Aguilera, perteneciente
también a los jesuitas pero bastantes
más ásperos que los de Gijón. Este gran centro, con más de mil alumnos, tenía
fama de tener una glorificada disciplina, casi
castrense, muy clasificadora y con unas claras predilecciones
competitivas. Recién incorporado y al
saber mi procedencia, un inspirado
sacerdote me dijo: “asturiano, loco vano y mal cristiano” y aunque no
sabía si el sentido de aquella frase era
una broma, un oculto rechazo o una premonición, lo cierto es que no me inquietó
nada, pero no se me olvidó nunca. En el ambiente del colegio siempre parecía
flotar una religiosidad agobiante, con la continua vigilancia de Dios, nuestra
constante situación de pecado y la consecuente amenaza del fuego del infierno.
Había que acudir a misa y rosario diariamente, más el mes de María, con la obsesiva exaltación de
la pureza y sumisión a la Inmaculada, en contraste comparativo con el resto de
las mujeres, que salvo su condición de madres, eran las autoras o protagonistas
de frivolidades, provocaciones y caprichos.
![]() |
| Colegio de Areneros de la Compañía de Jesús |
Hasta
pasados bastantes años no vislumbré que esa promovida misoginia, muy
posiblemente era una temerosa defensa ante la aún embrionaria evolución de la
mujer y que esa formación religiosa que
se inculcaba entonces, contribuyo bastante al posterior desapego espiritual de
gran parte de nuestra juventud.
Positivamente
tengo un gran recuerdo del Sr. Rota, para mí, el mejor profesor que teníamos y
de quien se decía, que se había gastado todo su dinero viajando por gran parte
del mundo, lo que quizás contribuía a hacernos más amena e interesante la Geografía. Cuando se
iniciaba el segundo curso en Octubre de
1945, recién terminada la II Guerra Mundial, este gran pedagogo nos anunció muy
emocionado, que acabábamos de entrar en la Historia en la Edad Atómica y, con
lágrimas en los ojos, nos describió como era el Japón que había conocido, con
sus arrozales, sus almendros en primavera, la educación y limpieza de sus
ciudadanos y su respeto a La Naturaleza, haciendo una feroz crítica de todos los fanatismos
religiosos, a toda clase de imperialismos y el atraso que suponía para el mundo
el entrar en la carrera de armamentos, argumentos que, en cuanto tenía ocasión,
siempre nos introducía hábilmente en su disciplina, con la valentía de afrontar unos temas tan
delicados y embarazados, cuando nuestro país aún estaba bastante indeciso en definir su
acercamiento político.
En casi todos los colegios privados y
mayormente los religiosos, existía una disciplina igualmente rigorista e
inflexible, en la que la educación y cultura del Nacional Catolicismo estaba
impuesta con mezclas de manifiesta piedad, comunión controlada y castigos de
rodillas con las manos en cruz. En materias de filosofía, moral o religión, no
se permitían dudas ni preguntas
maliciosas y en los temas históricos, se insistía mucho en las azucaradas versiones del Imperio,
ensalzando machaconamente el éxito de La Reconquista, con especial veneración a
los Reyes Católicos, la expulsión de los
judíos y las grandes conversiones y bautizos de los indígenas americanos.
Una
fugaz experiencia, me confirmó en la
decisiva importancia e influencia que
puede tener sobre el futuro carácter de los ciudadanos de un país, cuando la
libertad y las ideologías de un régimen dictatorial, están obligatoriamente
canalizados en una sola dirección.
En
un corto viaje que hice con mis padres
en 1946 por el Sur de Francia
hasta cerca de Burdeos, me causó gran sorpresa el ver cómo, aun estando recién
terminada la II Guerra Mundial, era muy
palpable un espíritu de superación dinámico y abierto y que,
siendo Semana Santa, había toda clase de espectáculos con gran animación
en calles y locales públicos, en comparación con la afectada mística y la
obligada tristeza ambiental de aquella oscurantista España, en la que solo se
oía música sacra en la radio, los cines y teatros permanecían cerrados y hasta las ya bastante tristes imágenes de las iglesias, se cubrían
de tela negra. ´
Esa fugaz experiencia, me
confirmó en la decisiva importancia e influencia que puede tener sobre el futuro carácter de los ciudadanos
de un país, cuando la libertad
y las ideologías, están obligatoriamente canalizados en una sola dirección por un
régimen dictatorial.Después de
finalizada la guerra
en Europa, con
incalculables muertos y heridos, múltiples
ciudades, industrias y campos
arrasados, especialmente en Alemania
y Francia, los Estados Unidos, con su
famoso Plan Marshall contribuyeron a la recuperación de Europa,
fundamentalmente con el suministro de alimentos y materias primas fomentando
el desarrollo de la economía para que posteriormente pudieran tener relaciones comerciales con el
potencial industrial americano y formar parte
también de los
procedimientos democráticos, ante
el temor de
que el comunismo se pudiera extender por el
continente.
España, a pesar de ser el primer país que rechazó al comunismo, no se vio favorecida, entre otras cosas,
por su pasada colaboración y
comunión con el régimen nazi. Gran parte del subsiguiente y progresivo distanciamiento de
los demás países europeos, proviene de
ese aislamiento que duró prácticamente hasta la firma de los acuerdos con
USA en 1954, a cambio del establecimiento de bases militares, de cuyos conciertos el régimen franquista no supo
sacarle la suficiente compensación, ni tan
siquiera cuando cayeron unas bombas atómicas en nuestro territorio a causa de
un accidente. Cuando Eisenhower en 1959 y
Nixon en 1970
visitaron España como presidentes de los Estados
Unidos, el propio envanecimiento de Franco le hizo creerse comprendido y reconocido por los países
democráticos, y a pesar de supuesta astucia, no le permitió aprovechar
esa baza.


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