Evocaciones de una aldea nunca perdida




Cosas de la edad tonta





Dejo para el final la narración de un par de bromas, aunque realmente  no me  siento  muy  orgulloso  de  haber  participado  en  ellas  y  ahora  aún  me  parece más,  que  fueron  una  absoluta  falta  de  respeto  hacia  personas  que  no  se  lo merecían y que, como acciones de una etapa juvenil, pudieran ser comprensibles pero no justificables.   No se   puede afirmar que lo que Gila llamaba   bromas de los pueblos, sea una buena forma de convivir, sin embargo,   el humor sencillo y hasta algo infantil, sin causar más daño que una breve vergüenza o irritación del burlado, también puede dar lugar a una  mejor relación  humana  por medio de la risa, e incluso a llegar a formar parte del  anecdotario del lugar.
Cuando era poco más que un niño, en algunas ocasiones había acompañando a chavales de Riberas en travesuras menores, como tirar avellanas y nueces por la carretera, para que chascaran cuando pasara un coche, en las romerías meter esgolancios en el bolsillo de la rebeca de las mozas y soltar algunos grillos en la iglesia, a la hora del rosario. Entonces fue cuando los mismos compañeros de faenas, me pusieron el mote de maldades.
Más o menos ocho años después, una noche del verano de 1953, Jesús y yo decidimos darles un susto a unas chicas amigas muy impresionables que veraneaban en Villa América y pensamos en disfrazarnos o vestirnos de una forma rara. Con una gabardina doblada, una vieja cazadora de cuero,  un antifaz  y una careta horrible, sombreros y unos tacos de madera de unos 10 cms., sujetos con cuerdas a las alpargatas, además de una escopeta de caza y otra de aire comprimido, logramos tener cierto aspecto de unos altos y temibles personajes.


Era  una  noche  algo  fresca,  sin  luna,  con  unos  retazos  de  niebla   y  sin circulación como era normal a esas horas y caminábamos los dos   juntos con las escopetas  en  la  mano  y   bastante  despacio  por  la  dificultad  de  los  tacos,  que además hacían bastante ruido sobre la carretera. Cuando ya nos faltaba muy poco para llegar,  vimos la lucecina de una bicicleta que venía despacio hacia nosotros, al tiempo que se oía  un ruido metálico  en cada pedalada, posiblemente por algún roce  de la rueda  y un minuto desps, cuando ya iba a pasar    por nuestro lado, coincidimos   los tres   bajo   uno de los pocos focos que haa en la carretera   y entonces,  fue cuando él  distinguió a dos aterradores tipos altos y armados con unas escopetas, caminando pausadamente  con  el siniestro   toc toc  de los tacos, al tiempo que  uno de ellos, con voz aguardentosa  dijo  buenas noches, camarada, Entonces  el  lento  y  rítmico  rozamiento  de  aquella  bicicleta,  se  convirtió  en  un continuo chirrido, mientras aquel pobre   hombre, a todo pedal, iba dando gritos de pánico hasta que vimos que, a unos doscientos metros, tiraba la bicicleta   al suelo y entraba   como un cohete en el Bar El Paraíso   agitando los brazos   y en donde,  una vez calmado probablemente contaría  más o menos acertadamente  lo que le ocurrió.
Imaginando las posibles consecuencias de aquella broma, entonces también nosotros nos asustamos y decidimos quitarnos los tacos y tirarlos hacia los maizales, envolviendo después apresuradamente en la gabardina las escopetas, sombreros y caretas, subiendo a toda prisa  hacia el terraplén  del tren, en  donde a los dos minutos estábamos arriba tumbados en el suelo, viendo y oyendo a unos cuatro o cinco hombres con palos, que marchaban gritando hacia donde les señalaba el de la bici, teniendo la suerte de que a ninguno se le ocurrió pensar  que alguien pudiera estar allí arriba, aunque con la densa oscuridad que había, tampoco era fácil que nos vieran.
Estuvimos quietos, sin atrevernos ni a fumar y al cabo de unos cinco minutos les vimos regresar y meterse en el bar. Entonces por el mismo trazado de la vía, fuimos hasta donde teníamos pensado dar el susto, explicándoles a aquellas amigas  el fracaso   de   nuestras malas intenciones, por supuesto que   sin llegar a comentar nada , de que nosotros casi nos habíamos asustado tanto o más que aquel paisano.

CARLOS RODRÍGUEZ NAVIA MARTÍNEZ.
Julio 2003


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