Enigmas de Doña Palla, II




LOS VISIGODOS.





Los visigodos eran otros grupos bárbaros de origen germánico que anteriormente también habían asaltado la Galia, pero fueron rechazados y empujados por los francos hacia los Pirineos, entrando después en la península ocupando el norte y parte del centro, desalojando a los suevos y estableciendo su capital en Toledo. Esto ocurría a principios del siglo V.

Estos invasores respetaron la cultura y costumbres de los pueblos de estas tierras incluso las divisiones territoriales de los romanos, no prestando una excesiva atención a estos lejanos lugares, posiblemente más preocupados por sus problemas internos, ya que consideraban a sus habitantes como poco civilizados y casi salvajes, aunque instituyendo los principios del régimen feudal, con el cual los campesinos y agricultores dejaron de ser esclavos y pasaron a la condición de siervos, protegiendo y fomentando solamente la agricultura y la ganadería en los núcleos de sencillos colonos y el intercambio de productos entre pequeños mercados de los pueblos inmediatos, pero sin contribuir casi a nada destacable, manteniendo en muchos aspectos el perfil romano. Eran cultos y disciplinados, con una monarquía y un sentido castrense muy arraigado, pero por la zona norte, coexistía una soterrada diferencia y enfrentamiento entre los visigodos de Eurico y los hispano romanos de Alarico, que originó diversas conspiraciones internas, aunque no pareció afectar al temperamento habitual de los habitantes de Asturias y menos aún a la población campesina de esta tranquila y aislada parte de Asturias, si bien algunos sociólogas, aseguran que gran parte de nuestro orgullo y firmeza, tiene una clara influencia visigoda.

Practicaban el arrianismo y aunque una vez convertido Recaredo en el año 589 las mayorías se fueron pasando al cristianismo, algunos personajes seguían con sus ideas, aun siendo consideradas como herejías. Construyeron algunas capillas, iglesias y basílicas, de tamaño reducido, casi todas prácticamente desaparecidas por el paso del tiempo y las demoliciones de los moros. Posteriormente se levantaron nuevas construcciones cristianas ya en la época de Ramiro I, como Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo Santa Cristina de Lena, etc.

Los artesanos visigodos fomentaron una orfebrería muy particular con abundancia de oro y pedrería. La Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria, emblemas heráldicos asturianos por antonomasia, son más que evidentes las influencias visigóticas en su diseño y composición. Acuñaron y pusieron en circulación monedas de oro siguiendo los mismos patrones romanos, pero en las aldeas y pueblos normalmente se seguía practicando el trueque de mercancías.

La batalla de Guadalete, en Julio de 711, fue el final del periodo godo en toda la península, huyendo algunos hacia Francia o fusionándose otros discretamente con la población del norte. En esta batalla, participó Pelayo, entonces escudero de Don Rodrigo.

LA OCUPACION MUSULMANA.



   A principios del año 711, los musulmanes, beréberes o árabes, habían penetrado fácilmente por Tarifa, casi sin la oposición de los habitantes de Hispania, conquistando toda la península ibérica con gran rapidez, pues incluso contaron con la nada oculta colaboración de la abundante población judía, que no estaba muy conforme con el trato recibido de los visigodos

Aunque entre nosotros conjeturamos y decimos que en Asturias no llegaron nunca a establecerse los moros, realmente hicieron diversas incursiones y asaltos a estas tierras, pero no fueron consideradas por ellos como parte perteneciente al-Andalus. En una de esas correrías, Muza entro por el Puerto de Tarna en el año 712, conquistando Lugo de Llanera y posteriormente Gijón, dejando a Munuza (Otman ben Neza) como gobernador, quien fue dominando a los habitantes del territorio ocupado, llegando a tener pactos o acuerdos con

diversas familias, quienes a cambio de que les respetaran sus vidas, tierras y creencias, deberían pagar diversos tipos de tributo e impuestos, puesto que como no disponían de ejércitos organizados, tenían que doblegarse y someterse a estos mandatos, aunque diversas formaciones de jóvenes insurrectos que se negaban a agachar la cabeza a los invasores, realizaban labores de hostigamiento con frecuentes incursiones entre los campamentos musulmanes o asaltando a los recaudadores por desfiladeros en donde no podían ser perseguidos, escondiéndose después en cuevas o quebradas de difícil acceso para los desconocedores del terreno.

Aparte de esas escasas ocupaciones, más bien por la zona oriental y a pesar de la gran contribución de su riqueza cultural, de la influencia en las costumbres e incluso de la visible preponderancia religiosa en prácticamente toda la península, por alguna razón no muy definida, parece que no llegaron a sentirse muy cómodos ni a asentarse por nuestra comarca, como tampoco se evidencian demasiadas huellas sensibles de su casi efímero paso, ni tan siquiera como para fomentar actividades agrarias, de las que demostraron ser grandes expertos en otras regiones, quizás por el carácter y las dificultades de dominar a sus gentes y posiblemente también por no estar habituados a realizar cultivos en tierras donde más bien había un exceso de agua.

Durante la larga ocupación de estos invasores en prácticamente toda la península, con el lógico y forzado roce verbal del pueblo cristiano con ellos, se fue produciendo una cierta descomposición del latín, entremezclándose multitudinarias palabras árabes que se fueron incorporando y adaptando a la lengua ibero romance, con las discrepancias de cada región y aunque en Asturias estuvieron menos tiempo, algunos vocablos derivadas del árabe como abondo, celemín, alfalfa, aceña, bañal, galvana, atalaya, etc. también se quedaron formando parte de nuestro lenguaje.

En el aspecto religioso, aun fue menor la influencia del Islam en un pueblo en el que ya parecían estar enraizadas las propias creencias, pero no obstante, algunos líderes más ortodoxos con su religión pretendieron prohibir el consumo de la sidra, por considerarla bebida alcohólica, aunque la reacción popular fue de una absoluta ignorancia y además resultaba muy difícil su seguimiento, puesto que la sidra se elaboraba habitualmente en casi todos los caseríos.

Con muy escasa convicción histórica, han quedado algunas narraciones sobre raptos, enamoramientos y pasiones de algunos personajes moros con cristianas, como puede ser alguna de las versiones del conocido caso de Munuza con la hermana de Pelayo o la leyenda sobre el Rey Mauregato (moro gacho), hijo bastardo de Alfonso I y una cautiva mora, de quien se dice fue el que instituyó el tributo de las 100 doncellas capturadas por estos alrededores, para mantener la armonía con los árabes.

Menos creíble pero interesante, es la narración sobre un supuesto oficial praviano que, antes de mantener con sus tropas una contienda contra los sarracenos, tuvo una especie de premonición al ver unos cuervos volando sobre la otra orilla del Nalón, lo cual le valió para obtener una estratégica victoria y conseguir después, por designación real y como premio, el incorporar seis cuervos al escudo de Pravia.

Con el enfrentamiento con los astures y su derrota en Covadonga en el año 722, en lo que posteriormente, más o menos equívocamente se denominó como La Reconquista, el Islam fue retrocediendo muy paulatinamente, hasta que en tiempos de los Reyes Católicos, con la rendición de Granada en 1492, acabó su dominio.

EL AMBIENTE SOCIAL EN LA ÉPOCA DE DOÑA PALLA.

Alfonso VI de León


En el siglo XI, reinando Alfonso V de León y con la institución monárquica confirmada, la vida medieval por esta comarca praviana y por otras similares era muy limitada y casi todo estaba determinado por las desiguales funciones de las distintas categorías sociales y la Iglesia monopolizaba y aplicaba las normas de vida “según los postulados impuestos por Dios”, que marcaban las tres funciones de los seres humanos: combatir, orar y trabajar, (bellatores, oratores et laboratores), con lo cual la sociedad quedaba distribuida entre la aristocracia castrense formada por nobles y caballeros, los eclesiásticos gestores de la oración y las normas morales y el campesinado, dedicado a las labores de la tierra. Realmente era una estructura en la que era muy difícil salirse del ámbito social en el que se había nacido, puesto que, dicho de otra manera y con gran certidumbre, el que nacía pobre solía morir pobre. Hacía ya más de cien años que había pasado una época conflictiva por la llegada del nuevo milenio anunciando el fin del mundo llena de miedos, predicciones de plagas y catástrofes, pero salvo los periodos de guerras declaradas o de enfrentamientos entre familias, en general se gozaba de una cierta paz social, más bien basada en la resignación del pueblo que vivía totalmente ajeno a los problemas gubernativos.

El poder supremo.

Como máxima autoridad y respeto estaba el Rey, señor de señores, con absoluto dominio y poder sobre toda su territorio y sus súbditos. Desde Alfonso II, se quedó establecida la continuación de la monarquía astur-leonesa por línea de varonía normalmente hereditaria de padres a hijos, habiéndose quedado atrás la costumbre visigoda en la que los reyes eran elegidos por las castas nobles.

Los reyes generalmente vivían en la capital del reino, en un palacio con amplios aposentos y salones para celebración de grandes actos y una serie de dependencias para invitados, junto a otros espacios para disponer de capellanes, asesores, secretarios y escribanos, además de la servidumbre, mayordomos, criados y cocineros. En edificaciones anexas estaban los oficiales, guardias, soldados y las caballerizas y en los sótanos las mazmorras con sus carceleros y torturadores..

Como es normal en todos los reinos, alrededor de la corte pululaban numerosos personajes a la búsqueda de audiencias, favores reales o simplemente para hacerse ver y mostrar su respeto y pleitesía. Los obispos y prelados, favorablemente elegidos y nombrados por el rey con la casi segura aprobación de Roma, también merodeaban por el palacio para conseguir subvenciones de templos y monasterios, a cambio de conceder cómodas bulas e indulgencias a la corona, absolviendo sus ostensibles pecados.

El rey tenía la facultad final de poder revocar, confirmar o ampliar todas aquellas condenas que los señores feudales le pudieran presentar, teniendo también el pleno derecho del indulto. En la mujer de clase alta, era criterio instituido e incuestionable el que al llegar a edad juvenil, fuera casada con el hijo de algún otro noble poderoso, por puras razones de conveniencia territorial o de compromiso político, por lo cual y por normas de dignidad y prestigio, la elección de una reina debería pasar por la observancia y comprobación  de distintas condiciones, entre los cuales el amor no constituía una exigencia, puesto que el mayor parte de los casos no había concurrido ni tan siquiera un previo conocimiento personal., pero el mantenimiento de su virginidad hasta el matrimonio, era condición absoluta para su celebración, debiendo ser debidamente comprobada y certificada por matronas y actuarios. La ceremonia nupcial de la realeza, solía ser un acontecimiento muy celebrado, con la asistencia de numerosos e importantes príncipes, señores y dignidades eclesiásticas, pero en la que el pueblo solo era un espectador más o menos entusiasmado por las ilusiones y promesas de que tal enlace supondría grandes beneficios para la corona y el reino. Una vez casada, la reina no tenía casi más participación real que mostrar su presencia al lado del rey en los más importantes eventos, dedicándose solamente a organizar y controlar el orden interno, la alimentación y el servicio, disponiendo para ello de diversidad de doncellas y camareras, pero su básico obligación era la de ser madre a la mayor brevedad y que su primer hijo fuera un fuerte y sano varón.

Habitualmente llevaba largos vestidos de colores brillantes y amplias mangas, usando telas gruesas y pieles en invierno. En sus largas horas de soledad, acostumbraba a bordar y cultivar la música con algún instrumento, como el laúd e incluso el arpa, leía poesía y libros de oraciones y si bien con alguna frecuencia celebraba bailes y fiestas, su vida estaba muy controlada y condicionada por confesores y monjes, con una intolerancia implacable de sus posibles tentaciones. Sus sencillos juegos eran el diábolo, el aro o las tabas y las más cultas practicaban el juego del ajedrez.

La nobleza y la iglesia



Después del rey, con algo menos de poder y mando, estaba la alta nobleza, popularmente denominado como los señores”, encabezada por duques, condes y marqueses, titulación hereditaria refrendada o concedida a aquellos que, bien por su sangre o linaje o bien por los merecimientos al haber realizado algún favor a la corona, eran meritorios de ostentar esta dignidad. Poseedores de grandes latifundios solían vivir en castillos y fortalezas ubicadas en lugares estratégicos protegidos por muros almenados, fosos y trincheras y con una alta torre desde la que se divisaba el entorno. En el gran patio de armas se ubicaba el acantonamiento y la tropa propia que utilizaban en las guerras y los frecuentes encuentros y escaramuzas, generalmente por motivos de envidias de las mejores condiciones de otros terrenos o por gozar de mayores simpatías reales, pero también les servían de protección y colaboración para el cobro de impuestos un tanto arbitrarios.

Practicaban frecuentemente la caza mayor y la cetrería, dada la gran abundancia de ciervos, jabalíes y aves. “•En Monte–rey,…puede ser que aquí tuviesen sus montes de cacerías ó de arbolados, los Reyes de Asturias, que vivían en Pravia, con palacios y casas de campo para su recreo, á que no ayuda poco el nombre de Cotollano, que tiene el lugar inmediato.”

Después de las grandes cacerías o combates, eran habituales las comilonas que celebraban solo los varones durante muchas horas, con gran consumo de carnes y vino, no soliendo faltar la animación de músicos y bailarinas, incluida la figura del bufón, generalmente persona deforme pero ingeniosa, aduladora a e intrigante.

Otro de los divertimentos de la nobleza era el de celebrar justas o torneos entre caballeros de distintos feudos, a veces presididas o apadrinadas por el rey y los príncipes, puesto que también servía para la presentación de las doncellas candidatas al matrimonio. Estos desafíos, frecuentemente de enorme dureza y competitividad, tenían gran divulgación y gozaban de la asistencia popular, con el entusiasmo y apoyo a sus respectivos señores.

La prepotente nobleza varonil, si así era su deseo y gozando de la real autorización y del consentimiento eclesial, podía ejercer el llamado derecho de pernada (ius prime noctis), que consistía en ser el primero en yacer con una sierva agraciada que se fuera a casar con un siervo, concediéndole a este la dispensa de cobrar alguna pieza en sus bosques, puesto que la caza mayor estaba exclusivamente reservada para los señores, pudiendo caer en graves penas quienes practicasen el furtivismo. Esa noche, el mal compensado marido, como venganza, procuraba cazar el ciervo mejor y más pretendido por su señor, y para compensar su vergüenza, mostraba después la cuerna del venado para acallar las burlas y chanzas de sus amigos de taberna, de lo cual, parece que se le ha asignado el apelativo de cornudo, a quien de alguna manera es conocedor o consentidor de los devaneos de su esposa.

Como parte de una aun no existente clase media, había diversos grupos de familias consideradas como gentes de probada conducta, honorabilidad y “limpieza de sangre hasta cuatro abuelos”, reconocidos como hidalgos, caballeros e infanzones y considerados como de baja nobleza. Había una ceremonia establecida, (prestación de homenaje), en la cual debían postrarse ante su señor, besarle la mano y declararse vasallo suyo, a cambio de lo cual recibía algunas heredades en propiedad, exentos de impuestos especiales y pudiendo vivir en pequeñas mansiones solariegas sin pretensiones defensivas, con criados, cuadras y caballos y que incluso podían impulsar una agricultura y ganadería con siervos libres contratados, pero sobre todo los caballeros jóvenes tenían la ineludible obligación de estar siempre dispuestos a custodiar y asistir lealmente a su señor con su espada y su lanza en las escaramuzas y batallas, acompañados por su escudero, teniendo así ocasión de poder obtener algún título o propiedad, aunque tampoco faltaban quienes prestaban su ayuda por dinero o por obtener jugosos botines (mercenarios). Aunque estaban más cercanos pero por encima del pueblo campesino, este nivel de la nobleza no mantenía unas relaciones demasiado cercanas con la clase más alta, conservando generalmente una vida más templada y austera, siendo además normalmente más humanitario con los prisioneros derrotados.

Un poder efectivo pero nunca bien limitadamente definido, era el de la Iglesia y sus consagrados representantes y sus categorías y niveles, aunque lógicamente su autoridad y potestad dependía en gran parte de su ubicación, pero de todas formas casi todos sus miembros ejercían una gran influencia y dominación en sus respectivos ámbitos, con diferentes grados de dedicación y servidumbre, desde los pretenciosos y pomposos obispos que eran distinguidos de los reyes y vivían en las catedrales de los centros urbanos, inmediatamente seguidos por los capellanes, confesores y asesores de los grandes señores

que gozaban del privilegio de tener asegurada cama y mesa, hasta concluir con el humilde nivel curas de aldea, o los monjes que labraban la tierra y mantenían siempre sus puertas abiertas a todo el que solicitara algo de comida o albergue por una noche, asistiendo además a los enfermos y moribundos e incluso ofreciéndose a darles cristiana sepultura.

En el ambiente medieval rural, toda criatura nacida o ciudadano adulto tenía que estar bautizado y obligado a cumplir puntualmente con los preceptos que el clero se encargaba de pregonar, recordando la necesidad de contribuir con sus limosnas los asistencias y servicios en bautizos, bodas, funerales y entierros, estando igualmente obligado el pueblo al pago de tributo mayor o diezmo por la producción de cereales, lino y viñas y el tributo menor o minucia por los productos de huerta, frutales y miel, siendo destinada la mitad de esta recaudación al curato y la otra a La Mesa Capitular de la Catedral de Oviedo. El impago de estos cánones, estaba castigado incluso con la excomunión, hasta que eran abonadas las deudas.

Como los reyes y los señores de la nobleza, también contribuían a alimentar las arcas religiosas haciendo grandes donaciones, sobre todo cuando se producían batallas o incursiones que les habían proporcionado suculentos botines, el patrimonio eclesial era muy amplio, debido también a las distintas herencias de aquellos que morían sin haber dejado hijos o sin testar, quedando toda esa pertenencia absorbida por la parroquia, para ser distribuidos entre los más necesitados en un momento dado por el ordinario del lugar y aunque en los niveles populares había una justificada desconfianza acerca de su manera de interpretar la humildad evangélica y el servicio a los pobres, también conocía a religiosos que dedicaban su tiempo al aprendizaje de la lectura y enseñanza del catecismo con una asistencia minoritaria, puesto que hasta los niños también tenían sus obligaciones laborales en el campo.    En algunos apartados monasterios y abadías, monjes especializados en escritura carolingia realizaban esmeradas copias de libros de cánticos y rezos o enseñaban la gramática, la retórica y la dialéctica a estudiantes que en su momento serían consejeros y juristas de reyes y nobles. En otros cenobios, se producían bebidas y licores de gran calidad, a base de hierbas y frutos fermentados.

Otro estamento religioso también importante era el de los conventos de monjas, lugar este que, aparte de ser lugar de residencia de las hermanas profesas, era refugio y hogar de las solteras vírgenes que no deseaban ser casadas y también de las viudas de reyes, príncipes y nobles, puesto que durante muchos años estuvo en vigor la costumbre visigoda de que, una vez muerto el consorte, ellas deberían retirarse del ambiente cortesano para evitar las tentaciones mundanas. Estas incorporaciones, le suponían a la comunidad religiosa otras entradas aún más substanciosos, ya que en cualquier caso su acceso estaba condicionado a la correspondiente dote, de acuerdo con su estamento social y económico. De la picaresca religiosa medieval, hay grandes cuentos, relatos y ejemplos en la literatura española.



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