Evocaciones de una aldea nunca perdida





 El abastecimiento popular

 
Casa Sama, Riberas


En aquellos años, Riberas disponía de varias tiendas en donde comprar las previsiones diarias, sin tener que desplazarse hasta Pravia. La de Belisario, que yo conocí muy poco, estaba junto a la carretera en la parte baja de un oscuro caserón que se cerró definitivamente más o menos en 1952 y que aún sigue clausurado. Enfrente estuvo Casa Sama, un local bastante curioso, atendido por las hermanas Ana y Maruja, muy buenas amigas nuestras y con quienes frecuentemente charlábamos, bailábamos y hacíamos excursiones en bicicleta.
Sus padres, Celestina y Pepe se ocupaban de la elaboración de chorizos y demás embutidos, porque él soa matar de vez en cuando   algún  xatu o gochu, hasta que las nuevas disposiciones sanitarias impidieron tal tipo de industria, que realmente era bastante primitiva. La  tienda tenía un poco de todos los productos alimenticios más normales, de  buena calidad y  un precio algo más elevado que las otras  del  pueblo  y  Ana,  como  era  una  buena  cocinera  y  mejor  repostera,  se decidió  por  abrir  una especie  de  pequeño  comedor,  solo  para  gente  conocida  y que tenía que hacer su reserva con cierta antelación. Gran parte de su clientela estaba formada por los veraneantes, aunque pocas gentes se enteraron de que allí haa estado en un par de ocasiones y muy celadamente, Carlos Arias, Alcalde de  Madrid  y  posterior  Presidente  del  Gobierno  de  Franco,  que  dea  de  tener algún tipo de querencia de cuando era  apodado como Carnicerito de Málaga.


Junto al lavadero de La Bilía también había otra pequeña tienda de provisiones, llevado con todo cariño y simpatía por Josefa y su marido, pero  tenía bastante limitadas sus mercancías, por falta de espacio.
La tienda más antigua y con una personalidad especial era la de María la hija de Socorro, situada en El Parador donde paraban los autobuses de línea. Tenía delante una acera con un par de acacias, un banco y un pequeño buzón  junto a la entrada y al abrir la puerta y después de sonar unas campanillas, se oían los ladridos de la perra Pitusa, de hocico plano, gorda y fea, que una vez cumplida su cómoda misión delatora, volvía a tumbar su abultado vientre a los  pies de su ama.
Aquel comercio era entonces para Riberas, una desordenada mezcla de estanco, expendeduría de la Tabacalera, colmado y tienda de ultramarinos con  los alimentos más primordiales, por todo lo cual, según te movieras por el local, advertías los diferentes olores de las mercancías que allí había.
Por el lado izquierdo, olía a vino fuerte de pellejo, pero también a aceite rancio, bacalao, patatas y cebollas que provenía de los odres, bidones, cajas y sacos acopiados junto a una báscula y un pequeño surtidor de aceite. A la derecha, había unos estantes de madera con latas de sardinas y bonito, cajas de galletas y caramelos, alpargatas, cuadernos, madreñas, zapicas y hojas de guadaña y en otras baldas diversos botes de latón con café, achicoria, cacao, tabletas de chocolate y una pequeña caja metálica con sellos de diferente valor. En la parte baja tenía  los distintos tipos de sacos con harina, arroz,   garbanzos y lentejas y un poco aparte unos paxos con paquetes de picadura, cajas de Farias, papel de fumar, cajetillas, etc.
Por la zona de la derecha olía mucho a café, maíz y azafrán, aunque el que más dominaba era el de las morcillas y chorizos que colgaban del techo junto a una triste lámpara y un par de tiras de papel-miel, con docenas de moscas pegadas y aleteando inútilmente. Sobre un viejo mostrador de madera, estaba la guillotina para cortar bacalao, un gran molinillo de café y la desnivelada balanza. Cuando no estaba despachando, María se sentaba al final, junto a la ventana para a chismorrear la carretera mientas escuchaba algo de música de una moderna radio que le había regalado un indiano y también había una pequeña vitrina con unas pocas baratijas cerámicas y un repolludo tapete de ganchillo, además de una fotografía que ella veneraba, en la que se veía un montículo de tierra con nieve que decía que si se miraba fijamente durante un corto tiempo, se veía el rostro de Cristo. .
Todo el mundo sabía la inmóvil ideología de derechas que tenía María,  de su evidente beatería y también de gozar de cierta fama de tacañería, pero sin embargo mantenía una vieja relación y confianza con todos los vecinos y sabía quiénes padecían de frecuentes espacios de falta de dinero, de manera que cuando suministraba un pedido a quien no disponía de dinero, después lo apuntaba celosamente en un cuadernillo con la fecha, el nombre, los conceptos y la suma final de la compra que dejaban a deber, aunque cuando se retrasaban demasiado tiempo en la liquidación, inflexiblemente les recordaba su deuda. Casi siempre se las arreglaba hábilmente para que nunca se viera donde guardaba ese listado ni el dinero.
Cuando estaba abierta la puerta hacia el interior de la casa, siempre llegaban de la cercana cocina, las provocativas fragancias que salían de las potas y sartenes que amorosamente elaboraba la humilde Mercedes y era más que sabido por todos, que los curas más fartónes de las parroquias  cercanas,  estaban deseando celebrar bodas y entierros  en Riberas,  fundamentalmente  por gozar de la insuperable fabada, la deliciosa carne asada con patatínas y del arroz con leche quemado con el gancho de la cocina, aunque después del festín, solo a María dedicaban sus alabanzas y bendiciones.
Aquella casa, también se cerró cuando se murió María y no se sabe muy bien quien la adquirió, pero lo cierto es que también está abandonada, tiene cierto desplome, grietas y presenta un peligroso estado de ruina, pero cuando paso por delante, aún me viene el recuerdo del tintineo de las campanillas de la puerta infaliblemente acompañado de los ladridos de la desagradable Pitusa.
Pasados unos años, Julio vecino de La Naval, hábil comerciante y matarife, levantó una moderna instalación adecuada y autorizada como matadero de reses, con una tienda anexa para el despacho de carne, que pronto se hizo con una clientela asidua y poco después ya fue ampliado con género de todo tipo y de escogida calidad, siendo en la actualidad, prácticamente el único de Riberas, perfectamente atendido por sus hijos y nietos.
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Carlos Rodríguez-Navia Martínez. Febrero 2003



















 Cosas de la edad tonta




Ricardo y Herminia, era un matrimonio mayor que habitaba en una pequeña casa junto a la carretera y situada enfrente de la de mi amigo Jesús. Él era un hombre callado, laborioso y muy casero, que vivía aisladamente tranquilo, cultivando algunas verduras y frutas en su terreno y ella tampoco hablaba mucho y solamente mantenía las mínimas relaciones de convivencia. Como habían estado en Cuba unos cuantos años, Ricardo había traído de allí unas semillas de tabaco, que afortunadamente prendieron bastante bien y le proporcionaban alguna que otra hoja para su pequeño consumo, aunque las mantenía bien ocultas a las miradas de la Guardia Civil.


La finca tenía por delante una verja baja y una puerta de hierro forjado y tras un pequeño jardín, se subía a la casa por una corta escalera, a la derecha de la cual, arrimada a la pared y junto a la puerta de entrada, tenía una piescal o melocotonero, que a pesar de tener pocos años y pequeña altura, cada año daba más de una docena de frutos, que llamaban romanos, más grandes que una buena naranja y muy sabrosos y a los que Ricardo todos los días les echaba una mirada, eliminaba gusanos y hormigas, ponía molinillos, cordeles y papelinos para asustar  a mirlos y gorriones y a medida que iban madurando, los cogía ceremoniosamente de uno en uno. Eran la niña de sus ojos.



Cuando Herminia se murió tras un fulminante ataque cardíaco, se dijo entonces que Ricardo se perturbó un poco y al día siguiente fue al cementerio, excavó la tierra, abrió el ataúd y se llevó la cabeza de su mujer, guardándola en su casa. A las pocas horas, se enteró el cura por la alarmante información del enterrador y ambos fueron reservadamente a su casa y le convencieron para  que, sin llegar a denunciarlo a las autoridades, fuera rápidamente devuelta a la tumba, justificándolo como haber sufrido un pasajero trastorno mental y jurando los tres no dar difusión alguna del hecho.
A pesar de que nadie llegó a tener la seguridad de que aquel suceso fuera o no real, se produjo una leyenda y un temor alrededor de la casa incluso hasta años después de fallecido Ricardo y como no aparecieron herederos y tampoco la quería comprar nadie, pasó a ser propiedad del obispado, quién la destinó a vivienda de los sucesivos sacerdotes que fueron regentando la parroquia.
Unos años antes de ese acontecimiento y cuando ya estábamos al final de nuestra la adolescencia, una noche y a una avanzada hora Jesús, Biades y yo veníamos en bicicleta de una romería cercana con algo de sidra encima y al pasar delante de la casa de Ricardo y ver abierta la puerta de entrada al jardín, se nos ocurrió robarle algún romano para comérnoslo.
Aclaro para las generaciones de ahora, que por aquellos años, el hacer pequeños hurtos de fruta, aunque la tuvieras en casa, era como una especia de divertimento normal y un reto para los chavales, pero en éste caso, como luego nos dio pena el arrebatarle ese tan bien cuidado fruto, pensamos mejor en alarmarlo solo un poco y que creyera que se los estaban robando.
Dejamos las bicis y Jesús entró en su casa, trajo un carrete de sedal y. silenciosamente entramos en el jardín, lo atamos con mucho cuidado a un par de ramas y después lo fuimos llevando al otro lado de la carretera, hasta el paredón


de enfrente donde está la casa de Jesús y lo lanzamos hacia arriba, puesto que su terreno estaba unos cuatro o cinco metros más alto.
Una vez allí y a oscuras, recuperamos el carrete, tensamos un poco el hilo y nos tumbamos en la hierba al borde del terreno. Delante de la casa de Ricardo había un poste que en lo alto tenía una bombilla sucia con una tulipa y que junto con otras cuatro bastante distanciadas, era toda la iluminación de la carretera, con lo cual, nuestra situación era muy buena y al estar más altos podíamos ver sin ser vistos y aunque pasara alguna persona o incluso un coche, no podían ver ni tropezarse con el sedal.

Tiramos un par de terrones sobre el tejado de la casa, hicieron bastante ruido y casi al momento vimos que se encendía una luz y por una ventana alguien miraba hacia afuera.
Entonces Biades, que era el que más alargaba el cuello, aguantando la risa, nos dijo en voz baja:
- Sotripái un poquitín nada más..
Jesús y yo, dimos un par de tirones bastante suaves de la tanza, de manera que el árbol solo meneó un poco sus ramas pero las hojas hicieron bastante ruido. Entonces, se apagó la luz y durante un rato creímos que se habían acostado, pero fijándonos bien, nos dimos cuenta de que silenciosamente, habían abierto un poco la puerta de entrada y aparecía el negro cañón de una escopeta de caza apuntando hacia el árbol, a menos de un metro.
- Volvéi a sotripar otra vez,- insistió Biades casi como un susurro
Entonces volvimos a dar otro tirón algo más fuerte, oyendo como las hojas del árbol se alborotaban, casi al tiempo que sonaban dos fuertes y secos  disparos consecutivos, encontrándonos con el sedal roto en las manos.
Algo asustados, silenciosamente recogimos el carrete, Jesús se despidió y se metió en su casa al tiempo que Biades y yo cogimos las bicis y seguimos nuestro camino, aguantando la risa pero sin hablar nada, aunque parecía que los disparos no habían alarmado a nadie, no se encendió ninguna luz, ni se asomó vecino alguno.
La paradoja de la gamberrada fue, que al día siguiente por la mañana, Ricardo se llegó hasta la casa de Jesús para que le permitieran llamar por teléfono a la Guardia Civil, denunciando que por la noche habían entrado unos ladrones en el jardín. Esa misma tarde se presentaron dos guardias en su casa, hicieron una inspección muy superficial, llegando a la conclusión de que no había habido heridos y como no se dieron cuenta de los nudos del sedal por tener muchos restos de hilos y cordeles, lo atribuyeron todo a una falsa alarma de Ricardo y aunque le dieron un poco la lata por no tener la licencia de armas en regla y no llegaron a ver su pequeña plantación de tabaco, no pasó nada más.
Lo que sí ocurrió desgraciadamente es que, como consecuencia de las dos cercanas andanadas de perdigones, árbol, hojas y frutos quedaron como un colador y de la misma manera el Imperio Romano, se extinguieron para siempre.


CARLOS RODRÍGUEZ NAVIA MARTÍNEZ.

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