Evocaciones de una aldea nunca perdida







La Bolera









En la parte oriental de Asturias se juega mucho a los bolos y cuentan con numerosos aficionados que incluso se juntan con los de Cantabria para hacer torneos y mantener así más activas sus instalaciones. Allí prácticamente solo juegan a los bolos de cuatreada y bolos palma, modalidad para la que se necesita bastante habilidad y pulso para lanzar la bola al aire y lograr que derribe nueve bolos, más uno, colocados de pié en la denominada caja.

Por nuestra región, ya no era tan fácil encontrar sitios en donde hubiera una bolera bien conservada y durante bastante tiempo, Pravia, Grado, Peñaullan, San Román, Agones, Cadavedo, etc, fueron los pocos lugares en lo que aún se mantenía una afición bastante ilusionada. Por aquí se practicaba la modalidad del bolo batiente, que requiere más bien fuerza y equilibrio para lanzar una bola de madera, de unos 3 kilos, sobre una tabla asentada en un rodau de tierra compactada y bien apisonada y que, tras recorrer rectamente unos 20 metros, deberá llegar hasta una losa de piedra algo inclinada que tiene 14 bolos de madera asentados con barro. Según lo fuerte y centrada que llegue la bola, lanzará con más fuerza los cabones que, según caigan más o menos lejos, tienen una determinada puntuación, que canta el armador, con la casi segura protesta del jugador y sus seguidores.. Realmente este juego no precisaba de una preparación física especial ni de un adestramiento rutinario, más que la misma práctica ocasional, por lo que la casi totalidad de los participantes, solían ser vecinos normales dedicados a labores agrícolas o industriales y algunos hasta incluso acudían directamente desde el trabajo.

Concretamente en Riberas y junto al Parador quedaba una afamada bolera, en la que casi todas las tardes había partidas normales, con algunos vecinos aficionados que solo se jugaban unos vinos o unas pocas perras, pero cuando llegaba el periodo de fiestas se organizaban torneos mucho más substanciales, que previamente se anunciaban con sencillos carteles colocados en los chigres y bares más cercanos, fundamentalmente Peñaullan, Santianes y Los Cabos. Estos concursos tenían una cuota de inscripción, más bien baja, razón que contribuía a que se apuntaran muchos mozos y entre todos establecían las condiciones, formaban equipos se sorteaba el orden de participación dando dos oportunidades de tiro por jugador y luego se iban eliminando por turnos, hasta que quedaba vencedor el que más puntuación hubiera sacado, quien entonces se podía llevar una cantidad importante de dinero, dejándole una propina al armador.


Antes de contar la siguiente anécdota, totalmente verídica, tengo que explicar que por aquellos años vivía en Riberas un corpulento paisano conocido como Carreño, que pasaba de vez en cuando por la carretera montado en una charret tirada por un trotón y acompañado siempre por su fiel criado, confidente y protector. Hubo un tiempo en que este vecino, con todo derecho y legalmente, estuvo comprando una serie de casas, tierras y montes, cuyos propietarios tenían una imperiosa necesidad de vender y por ello, la voz popular decía, sin motivo pero con sorna, que todo era de Carreño

Pues... un atardecer de verano de mediado de los años 50, había una partida de bolos muy interesante y concurrida, tanto por ser sábado, como por la conocida destreza de los competidores que participaban en ella, apostando poco dinero, algunas bebidas y discutiendo las jugadas, con la consiguiente coña de los gananciosos y los juramentos y tacos de los perdedores, sin crispación pero hablando todos muy alto con el vocabulario propio de los jóvenes y del clima normal y lógico del juego. Estaríamos como un par de docenas de espectadores animando a los favoritos cuando, sin darnos cuenta y como deslizándose silenciosamente, apareció la negra figura de D. José, el severo cura de entonces, con su teja en la cabeza y el paraguas colgado del hombro, situándose en primera fila con una medio sonrisa y dispuesto a contemplar el espectáculo.

Hay que recordar que en aquellos tiempos, la blasfemia estaba considerada como delito penal, por lo cual, si un cura oía que un mozo soltaba un juramento o maldición que él la considerara blasfema, podía poner una denuncia ante la Guardia Civil y después de la correspondiente instrucción por parte de un juez, el autor de la injuria, podría llegar a tener una ligera sentencia condenatoria, pero con multa económica y represión.

Conocedores de esa posibilidad, aquellos mozos vocingleros y revoltosos, casi instintivamente y sin ponerse de acuerdo, bajaron la voz y se volvieron como corderínos, cambiando el ambiente totalmente, moviéndose despacio y con unos modales un tanto forzado y mientras esperaban que el cura se marchara pronto, se dirigían unos a otros empleando un vocabulario excesivamente delicado, aunque buscando la doble intención:

-Ahora le toca a usted, Don Luis. Acuérdese de lavar antes la bola y cálquela

bien.... a ver cuántos echa...

El jugador de turno, con los mofletes hinchados por la burla, metió la bola en aquel bidón lleno de agua barrosa, la sacudió bien y haciendo un gesto como si se santiguara, con bola y todo, enfiló el rodao, cogió carrerilla y tiró…, pero como se había balanceado un poco a causa de la risa, la bola cayó mal, fue culebreando por el rodao y falló.

-¡ Oh, que horrible y fastidiosa jugada !.  Se equivocó usted en la posturína...

  Ay qué horror Don Luis ¡… .Cómo se nota que ya no está usted en forma..

Los comentarios intencionadamente cursis de los compañeros que difícilmente aguantaban la risa, le hicieron volverse mirando al cielo y mordiéndose los labios para no soltarles una burrada.


Por la otra orilla de la carretera venía lentamente Tuto, montado en la burra Cuca y tirando del ronzal de su única y cuidada vaca, que iba paciendo por la cuneta toda la yerba que encontraba. Cuando justamente caminaban frente a la bolera y el siguiente jugador se estaba preparando para lanzar la bola, pasó una ruidosa camioneta cargada de carbón levantando una densa nube de polvo y se produjo un momentáneo silencio… y en ese momento una fuerte voz anónima y un tanto deformada, dijo:

-  Tuto.....  Esa vaca, non ye tuya..... ¡ Yé de Carreño !.

-¡! Yé de la puta tu madre, cabrón ¡¡ - respondió fulminante aquel paisano, con los ojos desorbitados buscando al autor de tal infamia.

Y de sopetón, se produjo una espontánea y general explosión de carcajadas, aumentadas por la sufrida situación y ver a Don José que, paraguas en ristre, trataba de hacerse oír y poner algo de orden entre aquellos cachondos espectadores y jugadores, algunos de ellos arrimados a la pared y dando patadas en el suelo de la risa… mientras el pobre Tuto, tirando de la vaca se alejaba murmurando, volviendo de vez en cuando la cabeza y amenazando con el puño.

Nunca llegué a saber por qué había una cierta tendencia a soliviantar a estos dos hermanos Tuto y Francisco, popularmente llamados Los Peludos, que sin embargo estaban considerados como unas buenas personas, que no hablaban mal de nadie y que vivían muy humildemente, solo con un pedacín de tierra, una vaca y la burra Cuca.

El paso del tiempo y la evolución natural de las circunstancias hicieron cambiar el tipo de vida de la gente de las aldeas. Cuando ENSIDESA tuvo la mayor producción siderúrgica de España, Avilés fue una ciudad que pasó de los 25.000 habitantes de 1955 a tener más de 80.000 en mitad de los años 70 y llegando a tener esta empresa más de 20.000 trabajadores. Al mismo tiempo toda la comarca y sus alrededores, experimentó un cambio muy importante al acometerse la necesaria construcción de poblados, viviendas, industrias derivadas e infraestructuras y la consiguiente demanda de muchos puestos de trabajo, acudiendo miles de personas de todos los puntos de España e incluso de Portugal.

Este fenómeno laboral y social, lógicamente también tuvo su repercusión en Riberas, que estar solo a poco más de 20 kms. de Avilés, un considerable número de jóvenes dejaron el ganado y sus tierras, pasando a tener un empleo fijo con un salario asegurado, economato, sanidad, posibilidades de promoción, etc., y en unos pocos años se fueron mejorando las comunicaciones, se arreglaron muchas casas, se adquirieron cocinas, lavadoras, televisores, etc., y el nivel de vida fue elevándose ostensiblemente, aunque poco a poco iban disminuyendo los habitantes, al ir encontrando algunos trabajadores mejores alojamientos y más cercanos a su puesto de trabajo. Muchos de los que quedaron en la aldea, debido a la falta de brazos jóvenes y a las causas naturales de envejecimiento, fueron dejando de trabajar sus tierras, sobre todo en la veiga luego casi todos las vendieron junto con el ganado, pasando a disfrutar de una vida más descansada, especialmente las mujeres, que iban formando parte de diversos tipos de asociaciones, haciendo viajes y visitas culturales y relacionándose con otros pueblos de España.


En los especiales fiestas de Nuestra Señora en Agosto con sus procesiones y bailes, casi todos los que se fueron, vuelven todos los años con sus coches y familias, produciéndose y recuperándose los inevitables recuerdos, sin faltar nunca el tradicional y sencillo bar, en el que se consume y se bebe sidra, vino, cerveza y bollus preñaus, tortillas y empanadas, aunque sin embargo parece que desaparecieron las avellanas tostadas, que consumíamos también en nuestra bien dentada juventud. .

Algunas personas que siguen en el pueblo y tienen una carácter imaginativo y ocurrente han recuperado costumbres que por distintas circunstancias se habían olvidado y organizan en fechas concretas concursos de bollinas o casadielles, tortillas, empanadas, etc. y en su momento también celebran alegremente el amagüestu.

Bollu preñao: bollo relleno de chorizo



 
Bollinas: Masa de hojaldre rellena de nuez y azúcar





Amagüestu: asado de castañas






Carlos Rodríguez-Navia Martínez.

Enero 2003.

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