Evocaciones


2.- LAS RELACIONES .
        




       
                   Actualmente, al final de la calle Uría de Oviedo está el magnífico conjunto de la Estación del Norte perteneciente a Renfe, con trazado de vía ancha y líneas de enlaces y recorridos diversos, principalmente hacia La Meseta, pero hasta casi finales del pasado siglo XX, había también otra importante estación en la calle de Jovellanos, a la que se entraba mediante una larga escalera que bajaba hasta las taquillas, andenes y vías del ferrocarril FEVE de vía estrecha, llamado popularmente <El Vasco>, que en su momento fue primordialmente establecido como línea de enlace de las  cuencas mineras, para el constante transporte de carbón hasta el puerto de San Esteban que, durante muchos años fue un importante punto de salida de este mineral, disponiendo de unos directos y eficaces cargaderos. Varias veces al día, esa línea también se empleaba para el transporte de viajeros y bultos de cierto volumen, siendo durante muchos años el medio que mejor facilitó la comunicación de los pueblos de la comarca con la Capital.
            El Vasco tenía unas pequeñas y vivarachas locomotoras de vapor, con  vagones de viajeros de dos clases: los de primera, tenían un pasillo central corrido y asientos de tela y los de segunda, con dos bancos de madera enfrentados y para cuatro personas cada uno, en compartimentos adosados independientes, a los que se accedía por una estrecha plataforma exterior por la que pasaba el revisor para picar los billetes. Por aquella época hubo un buen mozo, inquieto y guapetón, llamado José Suarez, que pasó de esa pasarela a los estudios de cine, haciendo algunas buenas películas como galán principal. Algunos años después, fue elegido alcalde en Aller y murió  bastante joven.
            Mi hermano y yo solíamos coger normalmente el tren de media mañana  y nos hacía mucha ilusión enunciar  el nombre de todas  las  estaciones en las que paraba  y  que según decían, con cuatro paletadas de carbón bajaba desde Oviedo a San Esteban, dada la suave pendiente que tenía el recorrido; La Manjoya, Caldas, Fuso, Caces, Trubia, Vega, Grado, Sandiche, San Román, Pravia, San Ranón y San Esteban, todas ellas  muy parecidas pero con su personalidad y aunque la mejor cuidada, por sus flores y plantas   era Fuso de la Reina, Pravia era la más esperada y conocida, con la figura del factor Eliséo, con su gorra y su bandera roja,  siempre atento a la organización y buena marcha   de la estación. En aquel andén, entre bultos, carretillas y viajeros estaba casi siempre Finita, una viejina que debió de haber sido muy guapetona en sus buenos tiempos y un poco alegre para las estrechas mentalidades de entonces. Con un reuma agudo, ligeramente encogida y arrastrando lentamente los pies, pregonaba con una voz fuerte periódicas y revistas,  soltándole algún requiebro picante a cualquier hombre de buen parecer. Lo peor que tenía el llegar a  Pravia, era el problema de las escaleras desde la estación hasta la Calle de San Antonio, con la compensación de los buenos olores que venían de la cocina de Casa Sagrario.
            La mayor parte de las veces, seguíamos en el tren hasta el apeadero de San Ranón y después había que caminar por la fértil veiga de Los Cabos hasta llegar a la orilla del Nalón y cruzar la ría hasta La Bimera, en la pesada chalana que casi siempre llevaba Oscar, que llegaría a formar parte del equipo Remeros del Nalón y conquistar bastantes triunfos. Ya en la orilla derecha, caminábamos hacia Riberas por una desigual carretera, lleno de baches, piedras y polvo, pero a un lado tenía una agradable franja de altas carolínas y alísos y en el otro lado los terraplenes y túneles del “Estratégico” densamente cubiertos de arbustos. Decían los lugareños que desde aquí, según se oyeran más o menos claros los pitidos y el rodaje  del tren cuando pasaba por la otra orilla, se podía predecir el tiempo que haría el día siguiente, y el que pasaba a mediodía valía para indicarles la hora del almuerzo a los que trabajaban en el campo.
            No solía haber mucho tráfico en esa carretera, pero de vez en cuando pasaba algún chirriante carros del país cargado de troncos de madera, con  el lento paso de los bueyes llenos de moscas y el carretero, con boina, madreñas, colilla en la boca y unos pasos por delante canturreando algo, deteniéndose de vez en cuando para pinchar las sudorosas ancas de los animales, con juramento incluido. También pasaban algunos ciclistas, mujeres en burro, camiones de carbón y de vez en cuando, un deslumbrante y silencioso haiga, conducido con una sola mano por un indiano con guayabera o traje de alpaca, llevando afuera  la otra mano, con  una brillante sortija y un veguero. Cuando llegábamos a la  última recta, donde hay  una peña y un nido de ametralladoras en lo alto y después de pasar junto a la entrada a Traslacuesta, ya se veía El Parador y casi la mitad de la gran magnolia de casa, que entonces ya tenía más de 50 años.
            En el Parador Riberas, estaba el colmado de María Socorro y era donde paraban las dos líneas de autobuses que recogían pasajeros y dejaban diariamente el correo. La  antigua y ya famosa empresa ALSA tenía unos vehículos  Leyland de gasoil  y color azul, popularmente llamados los Luarcas, que  partían de Oviedo y Gijón y algunos llegaban hasta La Coruña, por la antigua y retorcida carretera de la costa.
           La otra línea, con autobuses Dodge Brother´s perteneciente a Ángel Blanco pero  más conocido como el Zapico, era algo más barato y popular, conducido por el Roxu y acompañado por Luis, cobrador y alma de la empresa, un mocetón alto, interesantón, con el pelo canoso y una sonrisa que cautivaba  a las mujeres, para quienes siempre tenía una palabra amable o un piropo y oportunamente se brindaba a ponerle una mano en el trasero a quien se arriesgaba a subir a la parte superior del autobús, en donde  además de pasajeros, llevaba maletas, sacos, bultos, gallinas, conejos y algún gochu.
            Luis, hacía su ruta diaria a la derecha del Roxu, asomando medio cuerpo por la ventanilla, dándole el aire y mirando entusiasmado el paisaje como si en cada viaje fuera distinto,  mientras canturreaba alguna canción  y saludaba alegremente a todo el mundo. En Carcedo, había un surtidor de gasolina con el color rojo de  la Campsa, que se manejaba con golpes de palanca a derecha e izquierda, hasta llenar unos depósitos de cristal en lo alto, de cinco en cinco litros, que caían por gravedad por la manguera. Allí se bajaba Luis todos los días, a darle un beso a  su madre Esperanza  y beberse un vasín de vino. Aquel sitio, durante muchos años, gozó de merecida fama de hacer las mejoras tortillas de patata de todo el entorno. Eran unos tiempos en los que casi no había automóviles, se viajaba poco, sin prisas, en transportes colectivos en los que las gentes se relacionaban más y hasta compartían sus sencillos alimentos.
           Cuando éramos chavales y durante varios años, utilizábamos mucho el trazado del entonces llamado Estratégico, hasta que se inauguró en 1955 y  que actualmente FEVE hace el trayecto El Ferrol-Gijón.  Por  sus trincheras, terraplenes y túneles íbamos para atajar e incluso para ir a Pravia y a Soto o para huir a escondidas después de haber hecho alguna travesura y gracias  a ese  poco utilizado trayecto, nos libramos en alguna ocasión de ser cogidos por la Guardia Civil y de sus posteriores  morradas.
            El único teléfono que había en Riberas, estaba en el primer piso de la casa de María Lisa y el aparato era una caja de madera con bocina y auricular y un manubrio a la derecha,  que había que hacer girar unas cuantas veces para que te contestaran desde Pravia, decirles el lugar y número con el que querías hablar, dar tu nombre y luego esperar como una hora para hablar con Oviedo o Gijón. Después de  terminar, el precio de la conferencia lo comunicaban las mismas operadoras, que solían estar escuchando las conversaciones y se pagaba a la dueña de la casa. Tiempo después, hubo dos o tres aparatos particulares y aún pasaron varios años, hasta que instalaron  un teléfono  público junto al bar El Paraíso.
            Lógicamente, con el paso de los años  se mejoraron y ampliaron carreteras y se modernizaron  las comunicaciones. No sé cuándo desaparecieron los Zapícos, ni que fue del Roxu y de Luis, pero actualmente los ALSA siguen teniendo un magnifico y puntual servicio, con cómodas butacas y aire acondicionado. Hay un apeadero del ferrocarril Gijón-Ferrol, una flamante estación de servicio, el aeropuerto a 7 Kms. y por delante del Parador pasan cientos y cientos de veloces coches y camiones, salvo que el semáforo en rojo, obligue a los impacientes conductores a esperar unos segundos, sin echar una mirada al entorno, ni mucho menos imaginarse que aquel lugar, tiempos atrás, fue casi el corazón de Riberas y un importante punto de enlace con todo el resto de la provincia.
           Valga este sencillo recuerdo, como personal y humilde homenaje a unas personas y unas empresas, que colaboraron mucho en las comunicaciones y el progreso de los pequeños pueblos.
              CARLOS RODRIGUEZ-NAVIA MARTINEZ.
              Madrid, Septiembre 2003.

                  


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