Las coletas de Uma
Capítulo segundo
El sábado amaneció espectacular. Luminoso desde primera hora de la mañana y uno de esos días que no ofrece dudas, meteorológicas, en ningún momento. Tenían una mañana dura de trabajo pero era muy llevadera pensando en la tarde que se presentaba.
- ¿Qué tal ayer?
- Bien. Lo pasamos bien. Pero volvimos pronto a casa.
- Claro, te picaban las tetas, ¿verdad?
- No seas bruta. Y no, no follamos.
- Uy....qué raro!
- Estaba el primo de Manu y no queríamos dejarlo tirado.
- Claro, y como la niñera no estaba, no se apañaba solo.
- Joder, tía. Habíamos quedado para salir con él y no era plan dejarlo en Pontevedra tirado.
- Pa ti vale.
A las doce de la mañana Uma vio a Lucía hablando con un cliente. Desde la charcutería podía ver como la charla no parecía ser la típica de "los macarrones están al lado de la pescadería" y sí la de dos que se conocían. En un momento dado se acercaron a ella y....
- Uma, este es Santi, el primo de Manu.
- Hola Uma.
- Hola. En realidad ya nos conocemos, no?
- Perdona? - dijo él-.
- ¿Cómo? ¿Cuándo? -espetó la amiga-.
- El otro día, en la playa. Le quedaba pequeña.
- Coño....¿eres tú?
- Sí, soy yo. No es mi nombre pero soy yo.
- Es que sin las coletas y con tanta ropa no te reconocía.
- Tengo un pedido a medias, Lu, luego hablamos.
La cabeza de Uma no paraba. Era él. Era primo de Manu. Y ayer había dicho que no a un plan que lo incluía a él. Y le caía mal. Desde el momento en que lo vio en el agua. Pero era ese "mal" sin motivo. Quizás ese "mal" era un mecanismo de defensa. Un...."voy a parecer borde y desagradable porque si te acercas más y me sonríes te voy a besar". Y no es lo que quiero. ¿O sí?
Y allí estaba. Comportándose como una niñata con alguien que no le había hecho nada malo y que, sobre todo, le gustaba.
- ¿Así que ya os conocíais?
- Coincidimos en la playa el otro día. Nada, tres minutos viendo la puesta del sol.
- Ah.
- Es un poco borde, ¿no?
- Qué va! Es buena tía. Es solo que le gustas.
- Pues no lo parece.
Lucía y Uma se conocían desde niñas. Sus padres eran pescadores y faenaban en el mismo barco. Cuando ellas nacieron -se llevaban cinco meses- las familias ya se conocían.
La primera tenía un hermano más pequeño y Uma era hija única.
La madre de Lucía murió en un accidente de tráfico. Iban los cuatro en el coche y los demás salieron ilesos. Heridas leves en algunos casos como la pierna rota de su hermano pero poco más.
Lo que sí sucedió fue que su padre pasó a ser otra persona mucho menos agradable.
No salía de casa y cuando lo hacía era para reñir o enfadarse. Se sentía culpable de la muerte de su mujer.
Pasó a ser el responsable de dos niños de diez y ocho años. No era fácil. Y más, siendo pescador. Afortunadamente, o no, Lucía fue una adulta precoz. Cuidaba de su hermano, estudiaba, cocinaba y se desvivía por su padre. Eso, con catorce años, está muy bien pero no es bueno para una niña que se está perdiendo una parte su vida. La infancia.
Uma y su familia siempre estuvieron muy pendientes de que no les faltara de nada. No tanto material como emocional. Nunca los dejaban solos en las fiestas de Navidad o en eventos a los que había que asistir, sí o sí. No eran dos familias: eran una familia.
Uma no tenía
hermanos y lo compensaba con Lucía y David. Ésta, a su vez, no
tenía madre y lo compensaba con la de su amiga. Todos salían
ganando, y, sobre todo, nadie perdía.
David era dos años menor
que Lucía y se sentía el hermano pequeño de ambas. Era el título
honorífico que le habían “concedido” cuando celebraron el
primer cumpleaños sin su madre. Lo sería siempre.
- Y la pelandrusca que te pille cuando seas mayor será mi cuñada. –Solía repetir Uma cuando la cosa se ponía trascendental-.
Seguía estudiando y le encantaban las motos de agua. Eran su pasión y su sueño consistía en tener una empresa de ocio marítimo y poder andar por la ría y el mar a sus anchas.
Tenía las
inquietudes de un chico de su edad pero relativizaba mucho. Nada le
preocupaba en exceso. “Si tiene solución ya se solucionará, y si
no la tiene….¿por qué preocuparse?”
Una
de las cosas que más le relajaba era hacer puzzles. Había llegado a
un punto en que no los compraba, se los ofrecían.
- David, me
acaba de llegar uno de dos mil piezas de un lago noruego.
- Será un fiordo.
- Bueno, eso. No me seas tiquismiquis. Mucha agua.
- Vale, paso a por él
mañana.
En el pueblo lo conocía todo el mundo, entre otras
cosas, porque era muy servicial y estaba siempre dispuesto a echar
una mano a cualquiera que lo necesitara. Desde la gente mayor a la
que les hacía cualquier recado hasta los niños a los que les daba,
desinteresadamente, clases particulares en el garaje que había
quedado vacío después de aquel puto día de marzo.
Era un niño, cada
vez menos, que caía bien a todos. Nadie podía hablar mal de David.
Y fuerte, muy fuerte. En aquel garaje se pasaba mucho tiempo y
nunca le costó entrar. Cosa que, para su padre, fue un trauma. Jamás
volvió a pisar dentro.
En aquella casa no se volvió a hablar de
ciertas cosas, pero por decisión paterna. Y se respetaba. El chaval,
sin embargo, no tenía ningún problema en entrar allí, o en hablar
con sus amigos y vecinos de lo que no dejaba de ser una realidad.
Cruel, pero realidad.
¿Amores? Aún era
joven –decía él- pero claro que había rollos y que tenía quien
le hiciera tilín.
-
Nos vemos en el instituto y sí, me mira de una manera especial. Y me
gusta.
Y tiene un culo que buffff. Se llama Jaime. Así que será
pelandrusco. Tu cuñado cuñado será pelandrusco.
Continuará....
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