GARAGE
CAPÍTULO 3
-Hola buenos días. ¿Qué va a tomar?
-Café corto de café y pan tost…….
-Aquí tiene el café. Y el pan está pedido. En breve se lo traigo.
No sabía qué decir. No sabía qué pensar. La coleta desaparecía entre las mesas mientras abría los sobres de azúcar intentando asimilar lo que estaba pasando. Se acordaba de él. Si. Aunque en realidad se acordaba de lo que tomaba, lo cual la hacía una buena profesional. Pero si recordaba lo del café y el pan tostado era porque también recordaba quien era. Aún no había vuelto en si cuando ya tenía la tostada con el aceite lista para desayunar.
Por una parte Nico no dejaba de pensar en aquella coleta que no paraba. Por otro lado estaba embelesado con la profesionalidad de aquella chica que aun no sabía como se llamaba. Y, para colmo, seguía sin saber a qué venía lo de garaje con g. Le gustaría preguntar –otra vez- pero lo consideraba una pequeña derrota. Y una derrota con alguien a quien no le importe ganar no significa nada, pero aquella chica tenía pinta de querer ganar siempre.
En su trabajo era bueno. No era la mejor época para vender, pero su teoría de no aparentar necesidad le daba sus frutos. “Se entra en un sitio, se ofrecen los productos que tenemos, se deja una tarjeta y hasta luego. Si alguien quiere algo….que llame”. Era una frase que sus compañeros no acababan de entender. Bueno, entender si la entendían, pero no la compartían.
-No estoy pidiendo favores tío, estoy vendiendo un producto. Un producto que pueden necesitar. ¿Lo quieres? Aquí tienes. ¿No lo quieres? No pasa nada. Hasta luego.
Y, para ser sinceros, le funcionaba. Y a sus clientes los trataba muy bien. A los que no lo eran….indiferencia total. Por eso para algunos era un borde. O un chulito. Y aunque en esa cafetería no estuviera vendiendo, tenía la sensación de que lo veían así. Sobre todo la morena que le atendía y de la que aun no sabía su nombre.
Si, era un borde, y vestía muy cantosillo, pero tenía un nosequé que la llevaba a echarle un vistazo cada vez que pasaba cerca con la bandeja. No tenía muy claro qué carajo hacía allí. No sabía si era por trabajo –había varias oficinas cerca- o porque vivía en el barrio. La agenda que traía la hacía decantarse por la primera opción, pero el vaquero rojo y la camisa de mil colores le quitaban la idea de la cabeza.
-¡Cómo va a trabajar de vendedor con esa ropa!
-Pero bueno Loli, no todos los comerciales llevan traje ¿no?
-Ya, pero una cosa es no llevar traje y otra ir así.
-Así….¿cómo?
-¿Pero tú no lo ves Carmen? Casi no necesita los chalecos esos que nos obliga a llevar tráfico en el coche.
-No seas exagerada anda.
-Además es un borde. Y debería caerte mal. Ayer dijo que el rótulo estaba mal escrito. Y eso es cosa tuya. Yo no le he puesto el nombre.
-Y ¿qué le dijiste?
-Nada. No preguntó. Sólo dijo que no se escribía así.
-¡Qué tía!
A todo esto, donde Nico estaba sentado ya sólo quedaban la taza del café y el plato –vacío- del pan tostado.
-Y encima, el gilipollas éste se marcha sin pagar.
No pudo evitar que se le escuchara mientras se acercaba a limpiar la mesa. Efectivamente, allí no había dinero a la vista. Loli se dio la vuelta y le preguntó a Carmen.
-¿Te ha pagado a ti?
-¿Quién?
-El tonto éste. Mesa ocho.
-No, no, para nada.
Si en aquel momento lo hubiera tenido delante le habría dicho de todo. Pero no lo tenía, así que se limitó a colocar la silla en su sitio –maniática- y a recoger lo que había encima de la mesa. Al levantar la taza descubrió una servilleta doblada que se puso a retirar. En ese momento aparecieron varias monedas que estaban tapadas. Concretamente una de dos euros y otra de cincuenta céntimos. Y en la servilleta algo escrito. “Quédate con la vuelta. Gracias”.
Por primera vez desde que sabía de su existencia se le escapó una sonrisa. Le apetecía llamarle de todo, pero no pudo, sólo sonrió. Recogió el resto, se acercó a la caja y metió el dinero sin dar explicaciones a la jefa. No sabría cómo hacerlo. Estaba un poco….aturdida. ¿Enfadada? No. O si. No tenía motivo para ello. Aunque en algún momento pensó que le vacilaba. ¿Contenta? No. No tenía motivo. ¿O si? Se sentía un poco como un árbol que lleva un año sin que nadie lo toque, y de repente alguien lo menea para que caiga la fruta.
CAPÍTULO 4
Los días pasaban y Loli seguía igual de escueta y beligerante con Nico. Era como si no quisiera caerle bien. A veces se preguntaba por qué le hablaba aquel tío. No lo acababa de entender. No se consideraba guapa, y no era simpática. Hacía bien su trabajo, pero nada más. Sin estridencias, sin ofrecer mucha empatía con sus clientes.
No dejaban de ser personas que entraban…..consumían…..pagaban…..y se iban. Punto. En realidad no quería que nadie se fijara en ella. Al menos como mujer. Le gustaba que le dijeran que hacía bien su trabajo, o que era muy atenta, pero nada más. Allí era una camarera. Sin nombre. O con nombre, pero no importaba.
Su vida diaria en el barrio era bastante discreta. Madrugaba, trabajaba, salía después de comer y a casa. A veces se ponía unas zapatillas y ropa deportiva para hacer unos kilómetros y otras veces ya no volvía a salir. Se ponía cómoda, y sesión de series y chuches. Sin importarle el tiempo. Del sofá a la cama había poco trayecto.
Muy de vez en cuando quedaba con dos amigas del barrio para ir a tomar algo. Pero no era lo que más le apetecía. Digamos que se obligaba. Y no lo pasaba mal, pero sus amigas tenían otros planes. Mirar a aquel chico…..charlar con ese otro…. Cotillear sobre un vecino que las había mirado…… y ese no era su plan. Su plan era el presente, estar con sus amigas y disfrutar. Nada más. Si tenía alguna necesidad al llegar a casa sabía como calmarla. Una de sus teorías era que nadie conocía su cuerpo como ella misma. Una ducha, una cervecita bien fría y alguno de sus “juguetes” la llevaban a otro mundo.
Y hoy se había despertado feliz. Era muy temprano, pero la noche había sido placentera. Muy placentera.
-Arriba Loli que si te das la vuelta…..te quedas.
Se lo solía decir a si misma a menudo. Era como si necesitara un empujón que la hiciera levantarse de la cama, sobre todo en esos días fríos en que salir de la cama apetece….cero.
Y así lo hizo. Una ducha, vestirse y lista. Aunque el trabajo le quedaba cerca, nunca iba con el uniforme. Había escuchado más de una vez que era importante diferenciar entre laboral y privado. Y una manera era esa. No llevar fuera del Garage la ropa de camarera.
A medida que se acercaba empezó a darse cuenta de que había algo diferente. A esas horas –aun no eran las seis de la mañana- cualquier detalle que sea diferente al habitual se nota. No hay gente, y es más fácil fijarse en todo. Y cuando estaba llegando se dio cuenta de que estaba muy sucio delante de la puerta del bar. No dejaba de caminar, pero más alerta de lo habitual. Cuando llegó vio que la persiana metálica estaba forzada y que la habían roto el cristal de la puerta. Habían robado. La conclusión era esa. O, al menos, lo habían intentado.
El primer impulso fue entrar, pero pensó que quizás no era buena idea. Si estaban allí…..era una mala idea, y si no estaban….también. Así que sacó el móvil y marcó.
-No lo cojas.
No era un consejo, ni una petición, era una orden. Y la verdad es que era una
putada. El que hablaba era Kike, y la que botaba desnuda encima de él era Carmen intentando llegar al segundo orgasmo de la noche. Había que elegir. ¿Ver quién llamaba a aquellas horas y que se presagiaba grave o…….seguir cabalgando al chico que había
conocido hacía seis horas y que le había regalado más placer en una noche, que algunos en años?
-Dime.
-Tenemos la puerta destrozada.
-¿Qué puerta?
-La del Garage. Nos han entrado a robar. Bueno, no sé si han entrado, pero está hecha mierda.
-¿Y a ti…..te ha pasado algo?
-No, no, yo acabo de llegar y lo encontré así. ¿Qué hago?
-Llama al 092. No te muevas de ahí, pero no entres. Y en cinco minutos estoy ahí.
-Vale.
Pegó un salto en la cama y empezó a vestirse. El chico que tanto placer le estaba dando no tenía claro cuál era su papel. ¿Irse? ¿Quedarse? ¿Terminar lo que habían empezado?
-¡Ni de coña! ¡Arriba! ¡Mueve el culo y pírate! Tengo yo bastante con lo que tengo.
Cuando Carmen llegó y vio a Loli ya había gente acompañándola en la calle. No iban a entrar hasta que llegara la Policía. Se dieron un abrazo y no se atrevieron a preguntar nada. Una eternidad después (así se lo pareció a ellas) vieron luces y coches patrulla. Un par de ellos. Y dos agentes en cada uno. Se les acercó el más alto y mientras, los otros tres empezaron a mirar detenidamente les preguntó.
-¿Por qué está así esta puerta?
-Porqué han robado.
-¿Seguro?
-Si. Bueno…..imagino.
-¿Han entrado? ¿Les falta algo?
-Eehhhh….no.
Era la dueña la que hablaba. Y empezaba a ponerse nerviosa. Más de lo
que ya estaba.
-¿Cómo pueden saberlo entonces?
-Pues mire, no lo sabemos, pero la gente no suele forzar persianas y romper puertas para tomar un café. ¿O si?
-Hay de todo señora, hay de todo. ¿Cuánto hace que llegaron?
-Pues la primera fue ella, y hará…….
-Diez minutos o así –djo Loli-.
-¿Seguro?
-Oiga, mire, no, no es seguro, igual fueron doce, o nueve, pero creo que hay cosas más importantes que eso, ¿verdad? ¿Podemos mirar si han entrado?
-Si, pero se van a quedar aquí afuera. Nosotros entramos.
El agente que había estado hablando con ellas se dirigió a los otros tres compañeros que estaban a la entrada del Garage y después de decirles algo apartó unos cristales con la bota y entró en el bar. Con mucha calma y esa tensión que proporciona el hecho de no saber muy bien qué te vas a encontrar dentro del local. Unos pasos por detrás entraron sus compañeros. Para Carmen y Loli cada segundo era una hora. Cada ruido era un sobresalto. Cada golpe un susto. Hora y media después –al menos eso les pareció a ellas- los vieron salir por la puerta y dirigirse a ellas. En realidad no habían pasado ni dos minutos.
-¿No tienen alarma?
-Si, pero……
-Pero…..¿qué?
-Que no funciona.
-¿Cómo que no funciona?
-Eso, que no pagamos y no funciona.
-Ah, genial. Y además seguro que creen que con tener el cartelito ahí fuera los van a acojonar. ¿A que si?
-Pues…..bueno…..yo creía que…..
-Pues ya ve. Usted creía pero……no es así.
La verdad es que el chico que les había tocado no era precisamente agradable. Seguro que hacía bien su trabajo, pero agradable no era.
-Ahora van a entrar y ver qué les han llevado. Miren bien. Dinero ….mercancía…. lotería… . tabaco….lo que sea. Hagan un recuento rápido, ya mañana lo haremos con más detalle. Pero queremos saber más o menos cuánto se han llevado.
-¿Quieren avisar a alguien?
-Bueno, tenemos que avisar al seguro ¿no?
-Ah….¿tienen seguro?
Aquella pregunta era demasiado irónica en una situación cómo aquella. El hecho de no tener activada la alarma fue una consecuencia del bajón en las ventas el año anterior. Carmen tuvo que minimizar gastos y creyó que esa era una buena opción. La plaquita sigue en la fachada y a lo mejor sigue ahuyentando malos pensamientos. Hasta ahora estaba satisfecha de su política de ahorro. “Hasta ahora”.
Carmen y Loli, Loli y Carmen, medio obligadas, entraron en el Garage. Esperaban algo peor, pero no, no estaba destrozado. Habían entrado a robar, sin ensañarse. La máquina tragaperras estaba forzada y le faltaba lo que debía ser un cajón en el que estaban las monedas. La barra tenía una apariencia normal. Recogida y limpia. Según avanzaban Loli miró a la estantería y no echó en falta ninguna botella, o por lo menos no veía nada raro. En la caja si. Mismo plan que con la otra maquinita. Forzada y sin cajón.
-¿Seiscientos?
-Si, seiscientos algo. Había muchos billetes de diez.
Esa era la cantidad que había quedado la noche anterior en caja para empezar el día. Solían limpiarla de billetes de cincuenta, y el resto dejarlo. De allí se pagaban proveedores todo el día y nunca quedaban menos de cuatrocientos euros.
Ese fue su primer cálculo. El siguiente la lotería de Navidad. El talonario y las participaciones parecían intactos, pero la caja de farias donde metían el dinero estaba tirada en el suelo. Mala señal –pensaron-, y no les faltaba razón. El cálculo era sencillo, y les salían otros trescientos euros. No era demasiado para lo que podía haber sido, pero esa cantidad, más los destrozos de la puerta y la persiana, más el tiempo que estaba cerrado….era mal negocio.
-¿Algo más?
Pegaron un salto del susto. No contaban con nadie más allí dentro.
-¿Qué si algo más? ¿Les falta algo más?
-No creo. No tengo más dinero guardado y bebida y comida no parece que falte nada.
-Muy bien, pues ahora deberían llamar al seguro, y por ir adelantando, a alguien que les solucione lo de la puerta. Salgan fuera y no toquen nada más. Dos compañeros se quedarán hasta que vengan a mirar si encuentran huellas en la puerta o en otro sitio. Una vez que se vayan, las llamaré personalmente para avisarlas de que pueden empezar a recoger y reparar todo.
-¿Y sabe cuánto pueden tardar en eso?
-Pues no, no lo sé. No creo que durante la mañana puedan abrir. Si es lo que quieren, vaya.
-Si, era eso. Si supiéramos que nos arreglaban la puerta hoy….abríamos.
-Pues esperen mi llamada y luego hagan lo que quieran.
-Gracias.
Ni un “de nada”, ni un “hasta luego”, nada. Ni una frase amable en una situación que, a lo mejor para él era cotidiana, pero que para el resto de los mortales no lo era.
-¡Las cámaras! Carmen, las cámaras. Tenemos cámaras.



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