Pep Gómez Arbona

José Ramón Gómez Arbona, Pep, para los amigos, es un escritor menorquín al que conozco de hace años, compañero de aventuras blogueras, donde ambos nos dimos a conocer como escritores. Pep, biólogo de profesión es un enamorado de la Historia y las Tradiciones de Menorca, su isla, y autor de dos novelas, creo que fueron dos, Pep disculpa, sobre los honderos baleares, tan útiles a romanos y a todos los pueblos que pasaron por las islas. Se titulan Honderos de la Menor y están escritas en catalán. Pondré alguna historia tal y como el las fue publicando en su blog del que os dejo abajo un enlace para que lo conozcáis. No tiene Facebook, así que no puede intervenir, pero yo le haré llegar el éxito que seguro va a tener.

http://pepgomezarbona.blogspot.com/



Artículo publicado en s'Ull de Sol, junio 2012





Ella nos dijo que por las noches sentía una presencia extraña, como si un ente incorporeo quisiera hacerse notar. "Imposible!", Le dije yo. "Como puede haber un espíritu en mi cuarto, en la cama donde he dormido tantos y tantos años?" Pero ella insistía en que le era imposible dormir en esa cama destartalada, vieja por mucho que lo hubieran restaurado, de una madera que había vivido días y noches de angustia y dolor, junto a noches y días de felicidad y bienestar.
   Se ve que más de un amigo de mi hijo  ya l había oído esta presencia. Pero como nadie de nuestra casa  ha oído a este fantasma (sí, ya le puedo decir así), nos hizo reir a todos mientras pensábamos que como son estos jóvenes de ciudad. Incluso mis hijos, que sólo suelen ser de paso, duermen tranquilos, sin visitas indeseadas. Yo pensé que aquella, la Loteta, tenía demasiado miedo de la oscuridad y que las ruidos extraños que hace cualquier caserón envejecido la trasiega hasta hacerle imaginar cosas que no existían. Y los otros, me dijo con una media sonrisa, los amigotes de mi hijo, a saber qué habían hecho para ver y sentir según qué (yo, a su edad, también reía mucho sin saber de qué y ya ni me acuerdo de que sentía).
   Todo esto me vino a la cabeza este pasado fin de semana cuando, ya noche oscura, me metí dentro de aquella cama de madera envejecida. Entonces, del todo a oscuras (como puede ser de negra, la oscuridad) y con los ojos como platos, probé de absorber todo lo que me rodeaba, por si acaso.
   Y, sí, todo de una, sentí que a mi lado, acostada, descansaba toda mi infancia, la adolescencia, aquellos años de aprendizaje vital y de crecimiento puramente físico y espiritual que me convirtieron más o menos en lo que somos ahora. Sin embargo, noté que me acompañaban un montón de otras cosas, todas buenas, pero, todas tranquilas. Me sentía más sosegado que nunca por aquellas penumbras, envuelto por los roces de las sábanas de algodón y ruidos armoniosas del maderamen viejo del cabezal de la cama. Y, sobre todo, noté que el pecho se me llenaba de un agradecimiento desmedido por aquella viejecita encantadora que dormía unas cuantas puertas pasillo arriba. Sí, ella había sido la responsable de rescatar aquel montón de tablas carcomidas del sótano y había decidido que yo, su hijo pequeño, tenía que dormir en la cama de la abuela Consuelo, su madre.
   Aquella cama tenía, tiene, mucha historia. Rescatado de la riada de Valencia cuando mis abuelos lo perdieron todo, la abuela Consuelo , todo un carácter, se había preocipado de llevarlo a Menorca. Que quería morir en su cama de siempre, decía, caparruda como nadie. Y así fue: durmió, hasta que, después de mucho sufrir, nos dejó. Yo no me acuerdo mucho (tenía cerca de tres años, yo, cuando ella murió), pero mamá me ha rallado tal cantidad de la abuela Consuelo , que es como si aún la tenga delante. Con un moño estirado detrás, el pelo del todo blanco, siempre tenía una sonrisa para todos. Era muy de la broma, la abuela ; mamá decía que tenía " la gracia de la Huerta". Y era todo un carácter. Sí, sé que esto ya lo he dicho, pero es importante que quede claro, porque estoy convencido de que es este carácter entre fuerte y jovial, este saber sufrir con una sonrisa, que hizo de ella una mujer tan fuerte que ni la muerte se la pudo llevar.
   Sí, esa noche di media vuelta y tuve que sonreír. Porque, allí, haciéndome compañía, junto a mi infancia feliz, descansaba la abuela Consuelo, cargada de felicidad.
   Espíritu? Fantasmas? No, únicamente presencias familiar, recuerdos maravillosos que espero no perder nunca.  


Pep Gómez Arbona /

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